jueves, 27 de octubre de 2011

Reencarnación.

Cuentos

Reencarnación.
Víctor A Yerena González.

Foto de Philippe Halsman a Salvador Dalí

Ahora empezó a tener la extraña sensación de que estaba acostado a medio lado y con las piernas recogidas. Imposible. No podría estar a medio lado con las piernas recogidas porque sencillamente no habría el espacio suficiente para estar en esta posición dentro de un ataúd tan estrecho. Además, su familia se encargó de meterlo en el ataúd de la manera tradicional: boca arriba y con la piernas extendidas. Lo habían velado y llorado;  lo enterraron tres metros bajo tierra con la resignada decisión de olvidarlo para siempre. De esto ya pasaron nueve meses y su familia hacía mucho rato no lloraba por su ausencia.

Sí, estaba muerto, eso estaba claro. Lo último que vio, estando todavía vivo, aquella noche que llegó agonizando al hospital con cinco disparos en el cuerpo, fueron la luces blancas del quirófano, interrumpidas por la silueta angelical del médico que intentaba salvarle la vida  Resista amigo - decía el médico - es usted un hombre fuerte.

No hubo nada que hacer. Ahora estaba muerto y él lo sabía. El fétido olor de su propio cuerpo se lo había confirmado; un desesperante cosquilleo producido por el placer de los gusanos que lo devoraban se distribuía por todo su cuerpo atormentándolo a cada instante, y con la certidumbre de no poder sacudirse gracias al estado de petrificación que otorga la muerte. 
 
Lo extraño ahora, es que  esto dejó de atormentarlo. Se sentía tranquilo, libre, seguro. Ahora empezó a tener la extraña sensación de que estaba acostado a medio lado y con las piernas recogidas. Se sentía bien, era agradable estar en ese ataúd ahora, extrañamente, espacioso. Podía moverse un poco, acomodarse, abrir los ojos (pero sin poder ver nada); sentía respirar de nuevo.

De repente se sintió atacado, aterrorizado, parecía que algún profanador de tumbas le interrumpía su eterno descanso. Sintió que lo tocaban, que lo halaban; que lo sacaban de su cálida tumba. No pudo hacer nada más que llorar ¡podía llorar! Entonces lloraba con más ganas, lo hacía escandalosamente. Abrió los ojos y nuevamente, como si no hubiera pasado un segundo de su muerte, o como si no hubiera muerto nunca, vio aquellas luces blancas del quirófano interrumpidas por la silueta angelical del médico que una vez intentó salvarle la vida.

– ¡Felicidades, señora! – Dijo el médico – es un hermoso niño. 

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