viernes, 16 de diciembre de 2011

Rimbaud, la poesía como metáfora de su vida

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Rimbaud, la poesía como metáfora de su vida
Alex Silgado Ramos 

Acudo al poeta francés Rimbaud quien se sabrá dueño de esa conciencia de un destino propio y pondrá como escudo el dolor de ser hombre, el sufrimiento de poner la poesía como metáfora de su vida, la vida como el verbo que se nutre de la savia de sus días

Hay quienes ven en el poeta un simple muestrario de formas y estructuras dentro de una larga tradición; limitando su compromiso al mero hecho artificial de la palabra y haciéndolo únicamente servible para las  seudoescuelas de crítica literaria.

Hay otros que, inflados de un puritanismo verbal y moral, tachan en el poeta una conducta extraña, no viendo en él más que la prolongación de sus preceptos éticos, exhibiéndolos como catálogos del buen decir y el buen uso en pos del desarrollo espiritual y moral de una sociedad.

Por mi parte,  diría que no podrá nunca el verdadero poeta, antes de traicionar su conciencia de un destino propio, anteponer un mundo de ideas o abstracciones propias de la ciencia, la filosofía y la religión, pues es él, desde su profunda condición de humano quien prestará su sensibilidad vestida de lenguaje para afirmarse en todo lo que lo rodea, convirtiéndose así, en el testimonio de su espíritu hecho verbo.

Es esta conciencia, de sí mismo, la que pondrá en entre dicho toda concepción que busca encasillar al poeta bajo la forma del artificio estilístico o de la moral. En consecuencia, para demostrar lo anterior, acudo al poeta francés Rimbaud (Ver biografía)quien se sabrá dueño de esa conciencia de un destino propio y pondrá como escudo el dolor de ser hombre, el sufrimiento de poner la poesía como metáfora de su vida, la vida como el verbo que se nutre de la savia de sus días:

“El poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado

desarreglo de todos los sentidos.
Él mismo busca todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura;
él consume todos los venenos, para no guardar sino sus quinta esencias.
Inefable tortura para la cual requiere de toda su fe, de toda la fuerza
sobrehumana, y en la cual se vuelve entre todos el gran enfermo, el gran
criminal, el gran maldito...¡y el supremo sabio! ¡porque ha llegado a lo
desconocido”[1]


A Rimbaud; hombre- verbo/ poesía- vida, no le interesa ni le afectan los preceptos de aquellos que se arrojan a estigmatizar las acciones de los hombres con el vano rigor de las ideologías circundantes, puesto que conoce su esencia y sabe que en su naturaleza la vida vivida supera cualquier intento metódico de encasillamiento de la misma:

“Apelo a la nueva estética en la que el poeta debe hablar, como los profetas, con la voz de Dios, y para la cual debe sacrificar su vida, mártir de su propia religión” [1]


En Rimbaud el lenguaje es la piel del sufrimiento en la poesía. Es la única licencia que tiene el poeta para transgredir las formas por que el lenguaje es la vida tejida de verbos, es cambio, el verbo que muta. Como diría Octavio Paz: “el poeta nombra más a las palabras que a los objetos que ellas designan”[3]. Pero aquí, la poesía es el cuerpo de la palabra vivida, es el verbo hecho carne, pues la poesía no se hace con ideas si no con la vida misma; y en Rimbaud, la poesía no es contemplación, es una vivencia escrita con un alfabeto sanguíneo, es sacrificio, es RIMBAUD:

“¡Yo te conjuro menos irritadas tus pupilas! y mientras esperas con retrasos esas pequeñas pocas cobardías, para ti que amas en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco estos horribles cuadernillos de mi carne de condenado”[4]
 


[1] RIMBAUD, Arthur. Una temporada en el infierno. El ancora editores. 1993
[2] SUESCÚN, Nicolas. Aproximación al simbolismo. Emecé ediciones S. A. 1976
[3] PAZ, Octavio. El arco y la lira. México, F. C. E. 1993
[4] RIMBAUD, Arthur. Una temporada en el infierno...
(Blog personal del autor)

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