miércoles, 7 de diciembre de 2011

Zeus

Cuentos.

Zeus
Zeus con Tetis. Dominique Ingres
Luis Fernando López Noriega*


Se entra a este burdel como entrar en una manzana fantástica.
Primero hay un pasillo largo lleno de luces rojas, azules, amarillas. Y ratones de ojos brillantes, ratones de ultratumba, te salen al paso para recibirte, para guiarte. Entonces llegas al salón central, al Poseidón. Así se llama porque es un lugar de siete mares, bermudas y Titanic reaparecido. En las paredes, incrustados como piedras de una explosión, numerosos televisores dan las imágenes del desorden, se alternan la noticia de la destrucción, del caos mundial. Y grandes parlantes en cada esquina hacen temblar los vidrios de las arañas muertas que quedaron suspendidas en el aire, pendiendo solamente de un hilo eléctrico. Los parlantes retumban con música de tambores, trompetas y violines. La carne puede saltar de los huesos, el ojo se puede salir de su giro cósmico.

Zeus da vueltas lentamente rotando sobre las horas muertas, matando el tiempo que ya no sirve para matar. La luna es el centro: se establece azul con la forma de una pastilla para el dolor de cabeza. Se establece sobre la columna que sostiene el universo; la columna fálica que penetra las mucosas astrales. Por esa luna murieron muchos: la creyeron una imagen cinematográfica, creyeron que era un rostro observándolos con caleidoscopio, por eso quisieron lanzarse hacia ella, y murieron destrozados por la utopía del intento.
Las gentes que vienen a este burdel oscilan: Van desde el economista que se enriqueció con la miseria de su arrabal; el matemático que nunca resolvió la función logarítmica de su alma; hasta el albañil que decidió limpiar sus acueductos y cañerías con alcohol.

- “Todo se permite: matar a tu compañero, besar la frente de la biblia, llorar miles de veces. Pero jamás, jamás se les ocurra llamar a las putas por su nombre”.

Ese es el barman, quien también es el administrador. En este burdel la  prostitución se convierte en algo sagrado, como una comunión infinita hacia la mezquita de la perversión. Es un rito: cada mujer tiene un lugar, una acción y unas vestiduras específicas.

Recuerdo la muerte de Spinell, que se relaciona mucho con esa sagrada y obligatoria actitud para el sexo.


- ¿Cómo se llama aquella?- Le preguntó a su acompañante.
- Le dicen Kaloomba- Respondió ella.
- Pero su nombre ¿cuál es?
- Su nombre no importa, el nombre es sólo una marca que no dice nada. El apodo es el resumen de su condición, ese sí que vale.- Volvió a responder la mujer.
- Y a ti ¿cómo te dicen?
- La última cena
- ¿Por qué?
- Porque lo exquisito se disfruta una sola vez en la vida.

Spinell quedó, con aquella respuesta, sellado como un mausoleo; pero sólo por el momento, porque la mala hierba también rompe la piedra labrada, y a él la curiosidad por adivinar las cosas le podía romper hasta las más fuertes costillas de la discreción. Los dos subieron al segundo piso donde están las habitaciones. A ese sitio le llaman  La oruga azul, no por la forma; porque el lugar tiene las líneas de  una botella lanzada al mar. Más bien por el tipo que está en la cabina, el que recibe el dinero: se parece tanto a Estanislao Zuleta y como se la pasa fumando un narguile mientras cobra el servicio, pues entonces el apodo está bien recibido.

Los dos se desnudaron y empezaron a hacer el amor lentamente para degustar el manjar del cuerpo bien equilibrado: ni muy dulce, ni muy salado. Pero Spinell no resistió el vaivén pélvico del placer último, como tampoco pudo contener el derramamiento de su espermática curiosidad. Se le dio por lanzar un nombre al vuelo a ver si acertaba.

- Aura, Aura- dijo.

La mujer se separó de él inmediatamente, y en un espacio corto, muy cerca de la cama, se agachó, y de su sexo salió una serpiente silbadora.
Spinell, que todo lo estaba viendo, quedó pasmado. Supo que dio con el verdadero secreto de la mujer, con la esencia íntima y definitiva, pero también supo que debía salir de la habitación rápidamente.

La mujer cogió la serpiente y anudó las dos puntas de esta entre sus manos en forma de soga para estrangular. Spinell se apresuró a abrir la puerta, pero no tuvo el tiempo de su lado: sintió alrededor de su cuello la lisa consistencia  escamosa, el filo de unas escamas  tan delgadas que cortaron su garganta en un instante.

Sin embargo, Spinell sigue viniendo a Zeus: se toma unas cervezas y se acuesta  con una prostituta distinta cada vez. Ellas no le tienen miedo a los muertos, todos los muertos, al fin y al cabo, merecen la reivindicación. 

Y el barman sigue pronunciando sus palabras, que todo aquel que quiera entrar a este burdel debe tener en cuenta:

- “Todo se permite: matar a tu compañero, besar la frente de la biblia, llorar miles de veces. Pero jamás, jamás se les ocurra llamar a las putas por su nombre”.

*Docente de la Universidad de Córdoba. Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y cuervo. 
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