martes, 14 de mayo de 2013

La quema que nunca fue


La quema que nunca fue

Víctor Alfonso Moreno-Pineda

La palabra siempre tendrá valor ya sea político, social o estético, por eso es que se han presentado y se seguirán presentando quema de libros. Hoy pienso que quemar un libro no es bueno porque los libros son necesarios, incluso para demostrarnos lo estólida que puede ser una época o una región.


En un día como hoy, pero de 1933 tendría lugar un evento que de no ser por el camino que tomó posteriormente la Alemania de la primera mitad del siglo XX, hubiese pasado desapercibido para los coleccionistas de fechas. Un diez de mayo de hace ochenta años, en la primavera alemana, cientos de personas se reunieron en Opernplatz (Plaza de la Ópera) de la ciudad de Berlín, y en otras ciudades alemanas, para quemar libros escritos en lengua bávara por alemanes de ascendencia judía. Digo que el evento es reseñado en las efemérides porque marcó, algunos dicen de forma directa, a mi parecer más bien simbólica, el ascenso del Partido Nacional Socialista al poder de aquel país europeo.
Autores como Carlos Marx y Thomas Mann, por mencionar algunos, fueron enviados a la hoguera por lo que hoy nos parece la muy estúpida razón de no pertenecer a la raza aria. El argumento de la época lo deja claro: “depurar el espíritu del pueblo de todos los elementos que se consideran contradictorios del espíritu germano”
Las imágenes que tenemos son monstruosas: personas mirando con impavidez, la noche posada en la calle, el fuego inmisericorde consumiendo el papel y la historia delineando su curso a favor del ascenso nazi en Europa. Ya la misma historia nos ha dicho que de aquella fecha sobrevivieron las obras de estos escritores: Thomas Mann había ganado el Premio Nobel en 1929 y su porte a la literatura universal se considera extraordinario; y Marx fue quizá el autor más leído y debatido a lo largo del siglo pasado y aún continúa siendo objeto de intensas discusiones político-filosóficas.
Esta no es, sin embargo, la única quema que nos ha legado la historia. Casos como los del emperador chino  Qin Shi Huang, que no solo mandó a la hoguera a los libros, sino que condenó a muerte a todos los intelectuales que osaron desobedecer sus caprichos de mandatario, o la llamada Hoguera de las Vanidades ocurrida en Florencia en 1497 en la que con los libros también se destruyeron obras de arte por considerarse pecaminosas, son dos breves ejemplos de una larga lista de quemas de material impreso.
En nuestro país el caso más conocido hasta hace pocas semanas, fue la quema de libros protagonizada por los artistas del Movimiento Nadaista, encabezados por Gonzalo Arango, para marcar diferencia con los autores colombianos tradicionales. Se suma a este, la quema realizada en Bucaramanga por la Sociedad de San Pío X, en la que supuestamente participó el procurador Alejandro Ordoñez, y se incineró “revistas pornográficas y publicaciones corruptoras”.
En todo caso, vemos que la quema de libros ha estado siempre asociada con factores políticos, morales o estéticos.
Quizá esto último fue lo que me llevó, con un grupo de amigos, a plantear una quema de casi todo el material literario que se había escrito en el departamento de Córdoba y que tenía como principales representantes a algunos de nuestros profesores del Programa de Lengua Castellana. Aquello surgió en una ociosa tarde con la misma efervescencia con que también ideamos la creación de la Revista Erratas y el Programa radial Cinéfagos.
Nos propusimos cada uno de nosotros, Jorge, Yerena y Camilo, reunir todo el material bibliográfico que habíamos recolectado en casi cuatro años de asistencia a los mismos eventos literarios. Yo cumplí mi tarea y salvé algunos con los que estaba atado sentimentalmente y que a la fecha no puedo decir si son buenos o malos textos, solo puedo decir que me gustan.
El profesor Néstor Solera supo de la idea en la que estaban incluidos varios de sus títulos e intentó, sin mucho esfuerzo, hacernos cambiar de opinión. Estábamos decididos. Aquello no era un acto de rebeldía, ni mucho menos de anarquismo: era simple insatisfacción, prolijidad de lector. Siempre he pensado que cuando se lee a Leopoldo Berdella, a Raúl Gómez Jattin y a Manuel Zapata Olivella se ha leído toda la literatura de esta tierra (o escrita por un autor de esta tierra). Lo demás son páginas parecidas, intertextualidades inconscientes, simples intentos de escritura que no logran, en mi percepción personal, hacerse a una voz única y medianamente original.
Antes de continuar debo advertir que este texto no es un juicio estético a las obras y a los autores de Córdoba. Es la simple remembranza de un momento de mi vida, insignificante por demás; por tanto, reconozco en otros autores, a los que me gustaría llamar como “Los Últimos”, no solo calidades estéticas, sino una preocupación por reconocerse no como escritores cordobeses, sino simplemente como escritores.
La quema nunca se logró llevar a cabo, y hoy puedo decir que pesaron más los miedos que las ganas. No logramos encontrar una fecha en qué hacerlo y temimos represalias de algunos de nuestros propósitos.
Hoy me pregunto qué hubiese sido de nosotros si hubiésemos mandado a las llamas la treintena de libros que teníamos seleccionados. Y más que eso: qué significancia hubiese tenido este hecho.
En todo caso, de aquel propósito solo quedó un texto escrito por mí en el que, en hipotética situación, mandaba a la hoguera, con nombres claros, los títulos que quizá lo merecían (http://errataslarevista.blogspot.com/2011/10/las-palabras-que-cuentan-como-el-mundo.html). Recientemente escribí un pequeño cuento que parece encajar con el mencionado anteriormente. Lo comparto por la brevedad del mismo:
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La palabra escrita
…Y llegó el día en que el dios de los hombres sintió cólera por lo que estaba escrito en el mundo, así que, sin una pizca de piedad, resolvió reducirlo todo a polvo. No hubo selección, ni preferencias. Todo papel escrito fue tasado con el mismo rasero. Las agitantes novelas, los pasquines amenazadores, los recargados carteles anunciantes, las inoperantes leyes, los inútiles libros de hechicería: todo, absolutamente todo, empezó a ser pulverizado.
No encontró salvación siquiera el solitario poema que ensalza a la colección.
La palabra ardió en todo el mundo y, como nadie osaba hablarle al dios de los hombres, este condenaba por igual toda letra escrita. Los libros se convirtieron en desiertos de papel molido sobre las calles.
Finalmente la gente suplicó al dios para que detuviera la masacre. Y el dios de los hombres decidió salvar los libros a cambio de la vida de sus autores, pero como los buenos y grandes habían muerto hacía siglos, la masacre continuó como si nada.
La gente común, que por la época comprendía el valor de valor de la palabra, empezó a suplicar, no ya al inclemente dios, sino a los muchos autores vivos; pero estos se negaron a entregar su vida por salvar una obra que en últimas, pensaban ellos, terminaría perdiéndose en los recovecos de las generaciones futuras.
Solo un escritorzuelo, que en sus setenta y dos años había escrito un par de cuentos que juntos no superaban las dos cuartillas, decidió dar su vida más que por su obra, por el deseo de que el mundo recordara más adelante el valor de la palabra escrita. Sin embargo, el dios de los hombres había endurecido su razón y solo le concedió trescientas palabras como todo arsenal de escritura…Esto fue todo lo que alcanzó a escribir.
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La palabra siempre tendrá valor ya sea político, social o estético, por eso es que se han presentado y se seguirán presentando quema de libros. Hoy pienso que quemar un libro no es bueno porque los libros son necesarios, incluso para demostrarnos lo estólida que puede ser una época o una región.

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