miércoles, 12 de junio de 2013

Las dos Ranitas

Las dos Ranitas

Por: Víctor Alfonso Moreno-Pineda
victorabaeterno@gmail.com

A Beth.

Las dos ranitas están sentadas en el muelle que da al mar. Ranita tiene una sonrisita de felicidad porque Ranito, desde hace un par de minutos, la ha cubierto con su brazo izquierdo y la ha reclinado sobre su hombro. Ranito la abraza y la quiere, y lo mejor es que ella lo sabe y de allí viene su picarona sonrisita. Ranito también sonríe, pero de forma más circunspecta.

Ustedes se preguntarán cómo sé yo quién es Ranita y quién Ranito. Pues, muy sencillo: Ranita tiene en su cabeza un lazito rojo y sobre la mano izquierda un bolso con forma de corazón del mismo color. Ambas piezas van a tono con el carmesí de sus labios que mientras más sonríe más lucen con su belleza de princesa anfibia.  

Dije que las dos ranitas están sentadas en un muelle frente al mar, pero ellos no saben que ni el muelle es muelle ni el mar es mar. El muelle es un pedazo de álamo enclavado en la orilla; y el mar un extenso charco que ha sobrevivido intacto a cuatro veranos y a dos incendios forestales. En el charco también viven más ranas, miles de gusarapos, cientos de apetitosos moscos y uno que otro sapo que suele aparecer en las noches más gélidas a interrumpir, con su brumoso croar, la tranquilidad de serenata del charco que parece mar.

No lo he dicho aún, pero Ranito tiene en su brazo izquierdo una margarita blanca aderezada con un enorme botón amarillo en el centro. Ranita, que ya ha visto la margarita, hace más profusa la sonrisa al imaginar que es para ella la flor. Impaciente, porque Ranito no ha dicho nada sobre la margarita, Ranita pregunta:

– ¿Para quién es esa margarita, Ranito? –. Y él, al sentirse descubierto, vira hacia atrás la margarita intentando ocultarla. Le resulta imposible la empresa puesto que la margarita es tan grande como su pecho.

– ¿Para quién es esa margarita?–vuelve a preguntar, oronda y sonriente, Ranita, esperando un “para ti” mayúsculo de Ranito que, descubierto, mira hacia el horizonte.

– Esta margarita es para… –. Logra hablar por fin Ranito, pero sus palabras, en vez de disipar la duda de Ranita, la aumentan. Ella se torna grave e introspectiva.

– Esta margarita no es para ti –le dice medroso Ranito –, sino para el mar. O mejor para nosotros dos. Bueno para el mar y para nosotros dos. Mejor dicho, para los tres. No, no, esta margarita que aquí vez, tan blanca como nuestros pechos, es solo para el mar.

– ¿Para el mar? –pregunta asombrada Ranita.

Ustedes tampoco saben esto, y Ranita sí que menos, pero el caso es que la margarita la había conseguido con mucha dificultad Ranito ese mismo día en la madrugada.

Mientras Ranita dormía las últimas horas antes de que el sol saliera, Ranito saltó del charco, cruzó una avenida gigantesca, entró a un jardín, divisó la margarita y con sus pegajosos dedos logró cortarla. Y para que la flor no se marchitara, la subió sobre su macilento dorso, salió del jardín, atravesó nuevamente la avenida y, sin que Ranita la viera, puso la margarita en una orilla del charco. Y ahora estaba frente al mar, que como les he dicho no era mar, sino charco, y al lado de Ranita que, inquisidora, seguía preguntando:

– ¿Y para qué quiere el mar una margarita? Que yo sepa los mares no sonríen cuando les regalan flores y mucho menos las conservan porque como son mar, lo que hacen es tener agua y más agua ¡Nada más!

Ranito se sentía cada vez más obligado a decirle a Ranita el para qué de la margarita. Ella por su parte no se callaba:

– Yo sé quién querría esa flor y sé además que estaría muy contenta de que tú se la dieras.
A lo que respondió Ranito:

– Todo el mundo estaría feliz de que le dieran una flor, pero esta margarita no es para todo el mundo, esta, que yo mismo corté, es para el mar ¿No será mejor que tú quieres esta margarita?

– ¿Yo? –. Dijo como descubierta en sus pretensiones Ranita – Para qué voy a querer una margarita, sé que pronto vendrá la primavera y de la playa pronto empezarán a brotar miles y miles de flores.

– Lo sé, pero no brotará una margarita como esta. Dime ¿Quieres esta margarita?

– Pues yo sería feliz si tuviera en mis manos una margarita grande, blanca y con un enorme botón amarillo – Dijo Ranita sin saber que inconscientemente estaba describiendo la flor que Ranito tenía en sus manos.

Sin quererlo, Ranito se había impuesto en la conversación con Ranita. Ahora era quien preguntaba inquisidor y Ranita develaba sus deseos de tener la margarita. La felicidad inicial de ranita se había transformado en angustia, pero en la cara de Ranito no había temor, ni dolor. De repente, él, con sus propios dedos, arrancó lentamente un pétalo de la margarita y lo arrojó al agua. Ranita no soportó al ver cómo su Ranito dañaba de esa forma una flor como la que nunca crecería allí.

– No la dañes, no la dañes – le dijo – ¿Por qué mejor, si no me la vas a dar, te la quedas tú?

– Pero yo no quiero una flor –dijo Ranito mirando a los ojos a la ranita.

– ¡Mientes! Eso seguro lo dices porque ya tienes una en tus manos.

– Tú lo has dicho –dijo Ranito, y Ranita sintió cómo el brazo izquierdo de Ranito la apretaba con más fuerza.

Ella entendió el mensaje y juntos empezaron a deshojar la margarita. 


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