domingo, 27 de octubre de 2013

La Tercera Reencarnación

Por
Camilo Corby


Reencarnación - Anónimo
“Debe haber una conexión de mentes” esa fue su primera respuesta la noche en que descubrimos que su mejor cuento era un plagio a García Márquez. Era innegable, aquel escrito no era más que uno de los primeros cuentos del nobel disfrazado en una historia al parecer diferente, resultaba risorio imaginar a ese  hombre devanándose los sesos en la soledad de su habitación a la luz de una lámpara maquillando cada detalle del manuscrito a su favor, como el hombre indefinido que elige cuidadosamente cada prenda de vestir que se pondrá en el intento de ocultar la amarga verdad sobre su sexualidad.
Pronto la seguridad del robo desapareció. Fue así como la idea del plagio se disolvió con los afanes del descubrimiento dejándonos solo la certeza de la incertidumbre. Con el paso de los días la negación persistía, ya no era el plagio lo que nos interesaba, sino la conexión de mentes entre ambos escritores, lo que nos condujo a pensar en un parentesco sanguíneo entre ambos. El tiempo pasaba y no había más respuesta que el plagio, así que nos dispusimos por completo al estudio de los ancestros de cada uno, pero era inútil, no había ningún cruce entre ambas estirpes, es más, ningún miembro de sus familias había tenido contacto alguno en lo corrido de sus existencias. La idea de la familiaridad entre él y García Márquez se venía abajo por el paso de los argumentos.
Entonces decidimos creer en la migración de los espíritus, y que el cuerpo de García Márquez disminuido por las enfermedades propias de la vejez ya no podía seguir exteriorizando todo el potencial creador que a su espíritu aun le quedaba, creencia que tomó fuerza al leer la crítica literaria que aseguraba que García Márquez era para la literatura la reencarnación de Cervantes y este último a su vez de Homero. Desde ese momento comenzamos a pensar que quizá la respuesta no estaba en la carne ni en la sangre de estos individuos sino un poco más adentro,  en sus espíritus.
Fue así como comenzaron nuestras vigilias esperando que en medio de su sueño el espíritu del viejo entrara en su cuerpo dando paso a un frenesí de creación. Pero nada pasó, parecía que una vez más fracasábamos en el intento, pues en esas noches nada llegó, nada se movió. Sin embargo no estábamos dispuestos a fallar, tanto así, que nos convencimos de que la noche era demasiado corta para el viaje tan largo que tenía que realizar el tan esperado visitante, ya no sólo fueron las noches, tomamos la firme decisión de hacerlo también durante el día.
Luego de comprar mucho café y algunas pastas para no dormir nos dispusimos de tiempo completo a lo que parecía nos revelaría la verdad. Nos internamos en la habitación no sé por cuantos días, pues la obscuridad dentro de las cuatro paredes no variaba con la presencia de sol o de luna, solo sabíamos que el día le daba paso a la noche porque el calor menguaba, salvo esto, en aquel cuarto nada pasó, él se quedó inmóvil todos esos días, casi muerto, tanto así, que ya no esperábamos la venida del espíritu del gran escritor, sino que la vida aún habitara en el cuerpo del durmiente.
Abrimos puertas y ventanas de la habitación esperando que el aire fresco de la mañana lo despertara de aquel sueño profundo, pusimos música para ver si por el sonido despertaba, le dimos golpes en sus mejillas y hasta llegamos a echarle agua fría, pero nada pasaba, parecía haber dejado de importarle el despertar huyendo de las preguntas que la realidad le exigía responder. El supuesto plagio ya no era una pregunta para nosotros, había perdido importancia ante la gravedad de la  situación a la que lo habíamos empujado.
Por la placidez de su rostro parecía resignado a no despertar, mientras en nosotros tomaba fuerza la idea de velarlo y enterrarlo para ocultar nuestra responsabilidad en el hecho. Así fue, colocamos una manta sobre su torso para que quien se asomara al ataúd no se percatara de su respiración, palidecimos su rostro utilizando maquillaje, hicimos un agujero en la parte de abajo ataúd para que respirara y lo vestimos de negro para que llevara el luto de su propia muerte. Era la noche de su velación, tan pronto amaneciera lo enterraríamos. Pero los movimientos del despertar llegaron a su cuerpo, levantó la mano quitando la tapa del cajón y nos miró. En ese momento lo comprendimos: él era la reencarnación del  mismísimo Gabriel José de la Concordia García Márquez.

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