jueves, 12 de diciembre de 2013

El Caso de Amelia y el Detective

Por
Víctor Yerena González

De "El Corazón Delator" Animación de 1953
Tu visita fue tan inesperada que a mí no me dio tiempo de rebobinar mi coartada, la había repetido tantas veces en mi mente durante varios años hasta que al fin supe que nadie iba a descubrirme y que el cuerpo de Amelia jamás iba a ser encontrado, así que dejé de preocuparme con el pasar de los años. Las canas salieron, las arrugas laceraron mi piel y a mí nadie me acusaba, sólo ella, Amelia, que desde el infierno me atormentaba para que le hiciese compañía; hasta que aparecí en el momento que menos te esperabas con un nombre en mis labios y una simple pregunta ¿te acuerdas? Me preguntaste por Amelia Aragón, y que si cuándo había sido la última vez que la había visto, claro que me acuerdo. Vi tu nerviosismo cuando te mostré mi placa de detective en mi mano izquierda y la foto de Amelia en mi derecha. Te invité a pasar, rápidamente repasé mi versión de los hechos que en el pasado había ido perfeccionando, pero que ahora, con el pasar del tiempo ya había olvidado, así que yo aproveché ese momento para acosarte con mis preguntas y a cada paso iba descubriéndote, me serviste un café, tus manos temblaban ¿y dónde la encontraron? Me preguntaste como si no lo supieras, yo te dije que en el Bosque Del Verdugo. Te dije rápidamente la descripción del cadáver, eres un salvaje. La había encontrado con otro, ¿qué querías que hiciera? y en lugar de ser yo el indignado, ella fue la que me abofeteó y me trató como basura ¿y ahí fue cuando la mataste? No, le di muchos golpes, ella intentó defenderse, me rasguñó y fue entonces cuando le asesté un golpe mortal que la hizo convulsionar. Yo te mostré las fotos, el cadáver no tenía dedos, ni dientes, entonces yo te pregunté que si estaban seguros de que era ella y yo te dije que sí, que no había duda, que un artista forense había hecho una reconstrucción facial, y que la habíamos comparado con fotos de las mujeres que habían sido reportadas como desaparecidas en aquella época. Yo no podía creerlo, al fin me habían descubierto, sé que tú en ese momento sabías que yo era el culpable a pesar de que solo venías con la intención de hacerme unas preguntas. Pero no pudiste disimular tu culpa, te sentiste descubierto, te miraba fijamente, no podía perderme de ningún detalle de tu rostro, sudabas copiosamente, el nerviosismo te delataba, pero te confieso que mi nerviosismo no era en ese momento por causa de que me habías descubierto sino porque no estaba seguro de que el veneno que había puesto en tu café surtiera efecto, se estaba demorando. Pero sí dio efecto, empecé a sentirme mal, el estómago me dolía demasiado, en ese momento lo comprendí todo, pero ya era tarde, intentaste sacar tu arma pero no pudiste, el veneno hacía el daño esperado y yo me retorcía del dolor, tus ojos se blanqueaban y mi boca se secaba buscando aire mientras tú te reías, me reía porque habías caído en mi trampa de una manera tan fácil. Yo, que todo lo preveía no pude ni siquiera sospechar tus intenciones… y tú, Amelia, querías ayudarlo, podía verte, pero no podías hacerlo porque estabas muerta. Yo tenía la esperanza de que el detective te atrapara, pensé por ese momento que él te atraparía. Intenté por todos los medios de advertirle del veneno en el café, pero los muertos no son vistos por hombres débiles, así que perdiste tu tiempo eterno, fue entonces cuando desclavé algunas tablas del piso y metí tu cadáver ahí. Esperé pacientemente a que vinieran por mí y aquí estás: desesperado, hablando conmigo; ahora no solo es Amelia la que me atormenta, también estoy yo aquí con ella, llamándote, ansiosos de que nos hagas compañía, aguardando mi muerte, esperando paciente mientras me pudro en esta celda acolchada. Silencio, debo callarme. Dónde están mis pastillas, dónde las habré puesto. Si tuviera a la mano mis pastillas no estuviera teniendo esta conversación con ustedes. ¡Enfermera, dónde están mis pastillas!

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