jueves, 3 de abril de 2014

LA EXTRAÑA PIROMANÍA DE HARRY BALE

Cabo de la vela - Jaison
Por

Yo estuve mucho tiempo al lado de Harry Bale, y esa historia del hombre que se incendió y que todo el mundo cuenta, está bien para usted que es un escritor. Lo cierto es que ese pobre hombre ciego no era del todo un pirómano; lo cierto es que nunca pudo ver; lo cierto, y esto tampoco lo aceptó, era que estaba loco.

Yo fui por mucho tiempo el médico de Harry, creo que en su trastornada cabeza nunca tuve gran importancia y era de entenderse: yo era la persona que le decía las verdades que él prefería borrar. El caso de Harry se desarrolla a partir de su ceguera. Él, desde un principio, tuvo que recurrir a la imaginación para darle forma a lo que lo rodeaba.  Todas sus imágenes tenían algo de mágico, eran inspiradas en lo que podía oír y tocar, pero terminadas de formar con el poder creativo de la imaginación; ver a Harry y su entorno era una cosa, ser Harry y percibir su entorno era, drásticamente, otra. Así, el comedor lo creía un poco más alto, las paredes más anchas, las sillas más bajas, las calles más angostas y los colores- esto era lo que más le costaba- eran siempre más opacos.

Con el tiempo, Harry se empezó a hartar de las tinieblas. En sus momentos críticos lanzaba su bastón con furia y se tiraba a llorar de amargura. La depresión lo dominaba, lloraba sin cesar mientras cerraba sus ojos con fuerza, duraba así largo tiempo hasta que parecía dormirse; sus ojos permanecían cerrados, la oscuridad total, la depresión sosegada y el sentimiento domado…, luego –muy despacio- abría los ojos, la oscuridad total, la depresión profunda y el sentimiento le hacía correr las lágrimas nuevamente. Harry vivía entre los días de imaginación feliz y los días de dura depresión; fue en estos últimos en los que se desarrolló su locura.

El único antecedente de su enfermedad, es un suceso que él mismo cuenta y que se remite a su niñez. El recuerdo de una fuerte emoción por causa de un incendio que provocó accidentalmente. Lo que exactamente sucedió no tiene importancia, sobre todo porque si se lo cuento tendría que armar una especie de collage ya que, Harry Bale, cada vez que volvía a referir su recuerdo, agregaba un dato o le suprimía algo a la historia; el tema es que el vago resplandor que percibió Harry, fue lo que lo llevó mucho después, a cometer incendios a conciencia. Empezó a creer que el ardor y la luz presenciados en el incendio, eran los componentes necesarios para que sus ojos tuvieran vida. Esta fue la idea que lo enfermó. En adelante todo fue labor del tiempo, Harry no dejaba de pensar en esa idea, la desarrollaba pacientemente corroborándola una y otra vez.

Era claro que el fuego sencillo no le atraía, de hecho no era capaz de percibirlo. Una vela, por más grande que fuera, no animaba los ojos de Harry, era necesario un incendio y que él lo presenciara lo suficientemente cerca. Todos estos pensamientos lo llevaban a crear incendios. A pesar de la torpeza que se nota en los movimientos de todo ciego, Harry Bale no murió incendiado como todos cuentan, aunque sí con muchas magulladuras en todo su cuerpo. Decía que estar frente al fuego le abría los ojos, que el resplandor le devolvía el don.Todo pirómano experimenta su particular atracción hacia el fuego: a algunos les parece placentero el chisporrotear, a otros el ondear de las llamas, a otros, el resplandor les produce adrenalina y así… ¡todos experimentan su placer! Pero un verdadero pirómano no puede describir con cierta lógica la razón por la que le atrae el fuego. Por eso le digo que Harry no era del todo un pirómano, él afirmaba que el fuego le hacía recobrar la vista, una mentira.

Cuando no estaba planeando un incendio, era común verlo tirado sobre el césped del jardín con los ojos clavados en el sol; otra cosa extraña era verlo mirando fijamente la chimenea. Pero lo que alimentaba seriamente la imaginación de Harry eran los grandes incendios; tener gran imaginación para un ciego es una virtud que debe desarrollar, en este paciente fue esa virtud la que lo mató. Había logrado imaginarse vívidamente su contorno y él le daba las gracias al fuego. Le fue tomando mucha fe a las imágenes que formaba y sólo le faltaba un paso: creer que todas esas imágenes eran reales, creer que por fin podía ver.

Por un momento me convencí de que, quizás, las llamas lograban excitar su imaginación y crear imágenes más coloridas. Pero el fuego era sólo un pretexto. Verá, cuando intentaba hablar con él y le preguntaba sobre su constante visita al jardín, y de sus ojos muertos mirando al cielo, me contestaba que el sol también podía colaborar con su deseo; le confieso, y me dolía por ese pobre hombre, que en muchas ocasiones vi a Harry recostado sobre la hierba mirando su imaginado sol en las noches. Otras veces, lo vi observando por largas horas el alucinado fuego de la chimenea, cuando ésta no estaba encendida… sin embargo, el fuego era una idea que no se le salía de la cabeza.


El veinticinco de septiembre lo sacaron inconsciente de las profundidades del río. Harry era loco pero no estúpido, quizás un cobarde… en sus constantes intentos de incendios le había cogido pavor al dolor intenso de las quemaduras; así fue como creyó hacer un incendio. El día que le dije, cinco días antes de su muerte, Harry Bale lanzó gasolina al río, luego lanzó algunos cerillos encendidos y finalmente se arrojó. Ya en el hospital despertó con un grito. Traté de calmarlo pero Harry estaba empecinado en su idea de que el fuego le había dado la vista, que requería de otro incendio para recuperarla totalmente o morir intentándolo. “¡qué importa ya!” me decía, “prefiero hacer otro intento antes de quedar ciego y ahora desfigurado por las llamas”; Harry no podía entender que había entrado al agua y no al fuego, que su rostro se veía con la misma figura de siempre. Tratamos de tenerlo calmado por esos días. El treinta de septiembre se escapó del hospital, llegó con su bastón a la orilla del río, tiró el bidón de gasolina y un cerillo, el único ardor que sintió fue el frío del agua que lo arropó para siempre.

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