martes, 25 de noviembre de 2014

Eros - Marc Camelbeke
No teníamos dinero, así que pedimos una sola cerveza y la repartimos entre todos. Nos miramos mutuamente sin ningún sentido de pena y nos la tomamos despacio para eternizar el tiempo en el lugar donde esperábamos fuéramos consolados, esa era la idea; pero el ambiente no era el indicado, quizá porque el dinero no ofrecía muchas opciones o porque la música y el jolgorio nos causaban apatía en ese momento. Ninguno de nosotros quería ser saludado, la noche tenía que ser nuestra por completo, sin terceros, pero era inevitable, nos saludaban por doquier, extrañados de que a nosotros nos vieran por esos lugares, especialmente a nosotros que nunca nos habían visto juntos.

Entonces jugábamos a arrancarle la etiqueta a la cerveza y hacer bolitas de papel, y las atinábamos a las botellas de la mesa vecina para entretenernos mientras se acababa nuestra bebida; uno de nosotros se percató de que ya casi acababa e hicimos la colecta para pedir otra cerveza que nuevamente repartimos entre todos nosotros en el mismo vaso, para volver a arrancarle la etiqueta y volver a hacer bolitas de papel. Trazamos el camino de nuestro destino en las formas concéntricas de agua debajo de la botella mientras sonaba una música no deseada. Uno de nosotros dijo que ya era suficiente, que debíamos irnos, todos le hicimos caso y opinamos igual. Nos tomamos la cerveza rápidamente en el mismo vaso, con la misma boca, y nos fuimos de aquel lugar ignorando las invitaciones porque nos habíamos prometido que la noche era solo nuestra, sin terceros; nos fuimos con el peso de todos nosotros a cuestas. Nos fuimos con la razón de haber llegado ahí aún cruda y sin olvidarla.


Caminábamos en silencio escuchando atentamente el sonido de nuestros pasos, hasta que de un momento a otro, los pasos iban al unísono. Alguno se detuvo para orinar interrumpiendo la armonía y esperamos, luego reanudamos. Alguno se detuvo a llorar cancelando todo propósito y esperamos, luego reanudamos. Cuando íbamos a cruzar aquel temido puente colgante sucedió lo que temíamos, se nos apareció el fantasma de la melancolía y del miedo nos abrazamos, nos abrazamos por mucho tiempo, pero el fantasma seguía ahí, lo sentíamos, sentíamos su olor a plástico, a cosmético… y para olvidar el miedo pensábamos:
- ¿Sabes cuántos tipos de flechas tiene el arco de Eros? – Pregunté después de encontrarle figura a la constelación de pecas que tenía en su pecho.
- No sé, dime.
– Tiene dos, una de punta aguda hecha de oro para enamorar y otra de punta roma hecha de bronce para olvidar. Ambas flechas son dolorosas
– Pero la del olvido duele más.
– ¿Por qué lo dices?
- Porque me imagino que una punta roma al penetrar el pecho es más dolorosa, porque entra con dificultad, en cambio una punta aguda entra con más facilidad, sin destrozar el pecho.

Dejamos de pensar y ya el fantasma se había ido, todos sentimos un alivio y continuamos caminando hasta llegar a casa. Miramos el cielo antes de abrir la puerta y ahí estaba, claro en las estrellas, El Arco De Eros luciendo amenazante su flecha de punta roma, entonces nos dimos cuenta de que el fantasma jamás se había ido, sino que nos había poseído y nos poseerá para siempre, nos dimos cuenta de que todos teníamos el vientre lleno de bolitas de papel y que no habíamos alterado en nada el círculo de agua de nuestro destino. Luego de entrar a la casa y quitarnos solo los zapatos nos sentamos en una sola mecedora, todos juntos y agolpados, un nombre de mujer salió de nuestra boca espontáneamente y al unísono: ¡Johana! Pero ya estábamos a salvo… lejos de aquel puente.

0 comentarios: