viernes, 24 de junio de 2016

METÁFORA DEL UNIVERSO INVISIBLE

"Un vistazo al universo" by Eduardo Marticonera
Por:
Víctor A. Yerena González

       A Diana Cano, por tener cautivo en sus ojos todo el universo.


Jakov  comenzó a despertarse con una incomodidad extraña. El sol despuntaba y la claridad se filtraba por las carcomas del techo de zinc iluminando tenuemente su cuarto. A pesar de haber dormido toda la noche, Jakov sentía que estaba despierto desde hacía ya algunas horas, pues tenía la fuerte impresión de que había visto la noche transcurrir al alba y el alba al amanecer. Parpadeó varias veces para dejar de ver la luz por instantes, pero las leves tinieblas que cubren la vista en un parpadeo eran imperceptibles para él. Apretó las pestañas fuertemente, sin embargo, y para su sorpresa, la imagen de sus coloridas sábanas y todo cuanto estaba en el cuarto seguía allí; Jakov continuaba viendo todo aun con los ojos cerrados. “No puedo cerrar los ojos” pensó. – “¡No puedo cerrar los ojos!” - gritó en medio de una sorpresiva angustia que le heló la sangre; rápidamente se llevó las manos a los ojos, pero notó algo extraño en ellas: estaban translúcidas, y dejaban ver claramente cada hueso, cada falange, cada detalle, cada imperfección ósea ¡su piel, sus músculos, sus venas, sus uñas habían desaparecido por completo, dejando al descubierto solamente los huesos!
Como un rayo se levantó de la cama y corrió al baño. Se miró al espejo y notó que no tenía párpados, sus ojos se veían perfectamente esféricos y desprotegidos. Jakov estaba tornándose transparente, aunque sentía que todo estaba en su lugar incluida su ropa (porque se había dormido con toda la ropa puesta). No sentía ningún tipo de dolor, sólo la angustiosa certidumbre de que estaba comenzando a desaparecer. “Esto debe ser un sueño” pensó, y volvió a su cama como un perfecto esqueleto.
Acostado bocabajo, tomó una de sus almohadas y la apretó contra sus ojos para oscurecer la vista, lo que resultó inútil, ya que seguía viendo la blancura de la almohada, pero rápidamente, ésta también se tornó transparente y Jakov pudo contemplar nuevamente los huesos de sus manos que ya comenzaban a desaparecer, abriendo paso al colchón y éste, a su vez, dejaba ver todo su interior. Contempló los resortes y la espuma, la base inferior y las tablas de su cama,  luego el piso, donde una rata o un esqueleto de rata devoraba algo invisible; más abajo, la tierra, lombrices al interior de ella, luego más tierra, todo era tan perfectamente claro para Jakov cuando su vista se abría paso como una broca a gran velocidad bajo la tierra, hacia abajo, atravesando la corteza y los mantos internos del planeta; una gran variedad de colores, de minerales, de espacios vacíos pasaban por su vista para luego desaparecer continuando un camino incierto, “probablemente a los infiernos”, llegó a pensar él.
Todo dejó de abrirse camino por un momento y Jakov vio con fascinación una gran pared de fuego, era una espectacular masa de hierro fundido a la que no le encontraba redondez. “La antesala del infierno” pensó horrorizado, porque comenzó a creer que ya estaba muerto. El núcleo de la tierra se agujereaba ante la vista de Jakov y ésta comenzó a atravesarlo, era como si buceara dentro de magma ardiente hacia abajo, hasta encontrar una superficie sólida que se desmoronaba para darle paso al dios Jakov, heredero del mundo. Viajaba su vista atravesando el núcleo externo, el manto inferior y superior, luego la corteza, para llegar nuevamente a la superficie de la tierra.
Jakov estaba bocarriba, o al menos eso sentía porque ante sus ojos estaba el cielo gris. Un vistoso pájaro se desplumaba hasta quedar en huesos y desaparecer; lo grisáceo del cielo se tornaba azul y luego negro, entonces pensó que se aproximaba un nuevo viaje. Su vista atravesaba las estrellas, las rocas espaciales; los cúmulos azules se tornaban blancos y luego transparentes… otra pared, otro océano de fuego se atravesó ante su vista escrutadora, parecía un río de fuego infestado de delfines infernales; y atravesó Jakov el sol y navegó por él. Conoció la civilización solar, la cual no tenía superficie, sino que se edificaba en armazones sostenidos sobre la nada, era el Atlantis solar… pero todo eso desapareció ante sus ojos. Atravesó el vasto sol hasta que se encontró nuevamente con la oscuridad del universo. Las estrellas morían a su paso, las galaxias perdían su colorido hasta desaparecer.
Pronto Jakov tuvo la confusión de no saber si seguía su vista atravesando la existencia o estaba quieta en mitad del espacio, se sentía como un ave que se cansa de agitar las alas y sólo se deja llevar por el viento. De repente, un silencio desconcertante lo atemorizó, no era el silencio absoluto que lo había acompañado durante todo su viaje, sino uno más aterrador producido por el ladrido de un perro. Decidió separar su rostro de la almohada, lo hizo lentamente, teniendo la impresión de que iba a caerse, se sentía como un niño cuando sube a un árbol y luego no sabe cómo bajar. Seguía contemplando el universo a pesar de mirar a todos lados en su cuarto, tal vez una estrella, tal vez un asteroide, una galaxia, un planeta, una luz proveniente de algún cuerpo espacial se aparecía ante la vista de Jakov para, al instante, desaparecer ante la mirada que todo lo desnuda, que todo lo torna transparente, invisible… inexistente.
Dirigió su vista a todos lados. Se incorporó. Intentó caminar un poco pero tropezó con algo en el piso de su habitación, esa sensación le hizo recordar que aún se encontraba en el mismo lugar de siempre, sin embargo, su vista divisaba el otro lado del universo; intentaba tomar con sus propias manos las estrellas y asteroides que se precipitaban a su rostro, pero sólo lograba tocar algún objeto o rincón de su cuarto. Jakov lo comprendió todo. Caminó lentamente por toda su casa hasta encontrar con el tanteo alguna silla y se sentó, no se desesperó. Lo que había visto había sido el más grande regalo que Dios le puso haber otorgado alguna vez.

Por muchos años Jakov juraba que su vista podía atravesar cualquier pared o superficie hasta sobrepasar los confines del universo. La gente que llegó a conocerlo decía que su ceguera lo había hecho perder el juicio y que sus visiones eran sólo delirios que le ayudaban a negar su desgracia. A veces se le veía tranquilo en su sillón, con el bastón a un lado y la vista larga. Sonriente. Sus ojos se iluminaban con una luz no proveniente de este mundo. Nadie pudo cerrarle aquellos ojos luminosos la noche en que lo encontraron muerto. Allí, en su último lecho, Jakov Egorov parecía que contemplaba supernovas.

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