lunes, 3 de abril de 2017

Una prostituta llamada Montería

Prostituta - Pedro Fabio Veras
Por:

                                                       

Al entrar se me vino a la mente la imagen de un iglú, con un pasillo angosto y largo que al caminarlo daba claustrofobia, una luz violeta iluminaba el centro del prostíbulo y extrañamente era difícil identificar el rostro de alguien; un timbre ensordecedor se escuchó en todo el lugar y de inmediato un tipo vestido de negro me abordó y amablemente me guió hacia una mesa disponible, entonces comprendí que aquel ruido era para avisarle a él que yo era el próximo cliente. Pedí una cerveza mientras anunciaban el próximo show: una mujer que no comprendía el significado de poner en venta su cuerpo, completamente arrítmica, se notaba que su único afán era desnudarse y salir de esa tarea vergonzosa de una buena vez. Un desastre, cuando pasó por mi lugar para hacer su colecta simplemente la ignoré, como ignoré todo su inexpresivo baile. Se acercó a mí contando un puñado de billetes de bajo valor con su ropa interior enredada en sus manos, mientras yo solo miraba hacia otro lado deseando que se apartara de mi vista.

-          - ¿Amor, no me va a colaborar? – me preguntó.

-         -  No. Bailaste muy mal.

-         -  Eso no importa si me vio toda.

-          - Es lo único que me importa, en un baile mostrar el culo y la vagina es lo de menos.

-          - Pues, eso es lo que aquí se vende.

-          - Entonces no vine a comprar.

-         -  Tacaño.

No existe nada más ofensivo para un hombre que una mujer lo llame tacaño, pero era cierto cuando le dije que no estaba interesado en comprar, tal vez sólo quería ver, sin embargo tal arritmia fue como una bofetada en mi mejilla, me sentí apenado, no por mí, sino por ella. Si hubo algo en lo pude equivocarme al respecto de esa mujer, era en que había imaginado que era novata en eso de darlo por plata, su grotesco baile simplemente era malo, una mala puta sin lugar a dudas, un mal polvo sin temor a equivocarme; aunque para los que vienen aquí, no importa si una prostituta es un mal polvo, lo que importa es la satisfacción personal, para eso pagan, digo yo, para que ellas los satisfagan, no para satisfacerlas a ellas.
El tipo de negro me había traído la bebida acompañada de una caja de goma de mascar, tomé un sorbo de cerveza cuando advertí que una mujer que estaba recostada a una columna me miraba fijamente, obviamente esa mirada no representaba ningún interés en mí, solo me estaba ofreciendo su servicio, era una puta. Pero por mucho que así fuera, no podía evitar la intriga, esa extraña sensación que se siente cuando una mujer bella te mira fijamente. Me preguntó con señas si podía acercarse y le hice entender que sí. Era delgada, morena, pequeña, vestía un blusón negro de rayas blancas con un escote que le dejaba ver unos senos no muy grandes, pero firmes y brillantes, una falda con flecos y sandalias; es decir, parecía una mujer común, con una belleza natural, quizá una imagen adrede, pensé, hecha para hombres comunes como yo. 
No se sentó a mi lado, lo hizo justo frente a mí, apoyó sus brazos infestados de bisutería sobre la mesa, inclinó su cuerpo y me preguntó que si qué hacía un joven como yo en un lugar como este, lo que me pareció curioso, porque se podría decir que ella era algo menor que yo, entonces le devolví la pregunta, ella sonrió y dijo: “trabajando” esa respuesta tajante me hizo recordar (porque parecía que sus intensos ojos negros me habían hecho olvidar en qué lugar me encontraba en ese instante) que estaba hablando con una prostituta.
-          Cuánto vale tu compañía – le pregunté.

-          -  ¿Me das goma de mascar? Lo había olvidado.

-          -  ¿Lo habías olvidado? ¿Acaso es una rutina?

-          - Así es, la goma de mascar no es para ustedes, es para nosotras, se les ofrece a ustedes para que nosotras tengamos una excusa para acercarnos.

-        - Ya entiendo. Pero no lo veo necesario, ya sabemos que no hay más interés en ustedes que ofrecer su servicio.

-          - Tienes toda la razón, pero a los hombres les gusta jugar a la casualidad y hay que ofrecérsela. Además – se inclinó más hacia mí -  hay mujeres aquí que necesitan “pedir la goma de mascar”.

-          - ¿Tú lo necesitas?

-          - Extrañamente no, no contigo.

¿Qué de malo hay en enamorarse de una puta? Algunos hombres acuden a ellas para satisfacer deseos sexuales, creyendo que nada de ellas puede enamorarlos; pero todo sexo, así fuera con una prostituta tiene esa ponzoña tóxica del amor. De hecho, pienso que es más fácil enamorarse de ellas que de una mujer común, una mujer común tiene mucho que ocultar, es una mujer superficial, y como no hay nada más atractivo que lo superficial, entonces nos enamoramos de lo más falso e inestable, así que cuando vemos al fin lo que ocultan, nos damos cuenta de que podemos encontrar exactamente lo mismo en un bar como este a un precio razonable. Lo que despreciamos de una mujer es que descubramos que se venda o se regale. En una prostituta eso no es problema, no es nuestro temor y por ello, obviando ese detalle, podemos encontrar cosas especiales que no encontramos en otra, nimiedades como una maldita caja de goma de mascar, lo que nos lleva inexorablemente al amor.   

-          - ¿Cómo te llamas? – le pregunté.

-          -  Mira lo que estás haciendo, le estás preguntando el nombre a una prostituta.

-          - Miénteme.

-          - Así son los hombres, odian masticar las mentiras, pero les encanta tragárselas.

-          - Me declaro culpable, ahora no estoy en el mundo real, puedes mentirme.

-          - Este es el mundo más real, te lo aseguro. Me llamo Montería.

-          - Pudiste elegir otro nombre.

-         -  Es verdad, mi nombre es Montería, mi padre me lo puso porque amaba esta horrible ciudad.

-          - ¿Eres de Montería?

-          - Sí, nací aquí. Hui de mi casa a los 18 años y ahora estoy aquí, viviendo abiertamente de lo único que toda mujer común vive aunque no quiera aceptarlo.

-          - ¿Dices que todas las mujeres viven de la prostitución?

-          - No, solo las amas de casa.

-          - Podrías tener razón, pero las amas de casa se lo dan a un solo hombre.

-       - Hasta que se aburren y tienen la oportunidad con otro, a veces solo eso hace la diferencia: la oportunidad. Además todos los hombres son iguales, hacerlo con uno es lo mismo que hacerlo con todos.

-          - Entonces yo puedo decir que todas las mujeres son iguales también.

-         - Y no te lo discuto, solo que unas están en bares como este y las otras en sus casas, aburridas con sus padres o sus maridos. Ninguna mujer lo da sin algún interés, si bien no es por el dinero, puede ser también por otras cosas irrelevantes como cariño, atención, y todas esas estupideces que a la larga las convierte en las peores y miserables putas: las que lo dan gratis. 

Se llamaba Montería, sí, como esta horrible e infernal ciudad. Después de aparentar desconcierto por sus palabras, Montería parecía orgullosa, pensaba que me había abierto los ojos, que me había mostrado la realidad de las cosas con ese discurso tan obvio; era una niña que pretendía conocer el mundo más que cualquiera, sólo porque vivía en las vísceras de la humanidad, de esta ciudad caliente, pero de habitantes fríos.

-          ¿Lo que quieres decir – le dije – es que la naturaleza de cada mujer es ser prostituta?

-     - No, puta. Todas nacimos para ser putas, solo que otras se lo niegan y van por el mundo pretendiendo ser lo que no son, pero aunque no quieran, nunca dejarán de ser putas, es nuestra naturaleza, y es por eso que no sufrimos mucho tiempo por un hombre, porque sabemos que existen otros. Yo asumí ser prostituta, no hago más que profesionalizar mi naturaleza.

-        - Es raro escuchar esto precisamente de una mujer, casi todas hablan en su defensa, veo que tú las atacas.

-         -  No, ni más faltaba. Con lo que te digo, hablo a favor de la mujer. Tienes que dejar de oscurecer el término, muchos hombres tratan como putas a sus mujeres en la cama, (lo que a nosotras nos encanta) pero odian imaginar que otro hombre también lo haga, y es ahí cuando desprecian lo que a ellos les gusta.

Debo admitir que en esta parte quedé un poco convencido de lo que dijo. Estaba totalmente de acuerdo con ella hasta este punto, solo que mis pensamientos al respecto se reducían a sentimientos peyorativos hacia la mujer y nuestra naturaleza. Las decepciones continuas me llevaron a pensar igual, pero desde un enfoque incomprensivo. Montería, en cambio, hablaba desde otro enfoque, un enfoque totalmente contrario al mío, un enfoque positivo que me ayudaría a asumir mejor la realidad y disfrutar del mundo como el mundo se me presentara; sentía que la amaba, y algo dentro de mí me decía que tenía que hacerla mía.

-       -  Lo que yo creo – le dije con mala intención – es que justificas la bajeza de estar aquí, creyendo que todas las mujeres son como tú.

-          Querido,  - respondió cambiando de tono, tal vez herida por mis palabras - estás hablando de lo que no sabes. Todas las que están aquí, están por una razón, por una historia que nadie conoce y que tú no puedes juzgar porque no sabes y no te interesa saber. Estas mujeres que ves aquí no están aquí realmente, están en sus cuartos haciendo lo que a ti no te importa mientras son sus cuerpos los que salen dispuestos a enfrentar la realidad por ellas. Siento pena por ellas, porque creen que lo que llaman sentimientos es más fuerte que sus emociones. Yo, en cambio, soy la única mujer completa que está aquí, porque las emociones son las que valen la pena, porque no justifico ser puta con mi vida, justifico mi vida con ser puta.

Fue un silencio fulminante que se presentaba en forma de música sensual, la antesala de un beso inolvidable. Decidí jugar al conquistador y susurrarle mis intenciones al oído, decididamente se puso de pie y me tomó de la mano para que la siguiera. Montería no es una ciudad que le guste a todo el mundo, pero esta mujer me encantaba. Llegamos a su cuarto, pequeño, con cantidad de muñecos de peluche y decoraciones infantiles alusivas al amor.

-         -  Así que crees en el amor – Le dije.

-         - No, solo es escenografía para clientes, ya sabes, hay algunos que quieren conseguir inocencia en una puta, todo eso se les tiene en este bar.

-          - ¿Y crees que yo soy ese tipo de clientes?

-         -  No, si así fuera te hubiese pedido la goma de mascar.

-          - La pediste.
k     
       - ¿Te la regreso?

Ella sólo sonrió acercándose a mí, y con un beso me devolvió la goma de mascar en mi boca. Odio esa supuesta diferencia entre tener sexo y hacer el amor. He tenido sexo estando enamorado, he hecho el amor sin estar enamorado, y nunca he podido discernir la maldita diferencia, se siente exactamente lo mismo, como si estuvieras enamorado, y no es el amor lo que nos impulsa, es el deseo, la sangre que se agolpa en el pecho y acelera el corazón por reacción de sustancias químicas y neuronales que nos animalizan. Es esa la propia esencia del amor, lo demás son sólo justificaciones. El amor no tiene forma propia pero se parece a todo, es un vaso vacío que se llena con lo que queramos llenarlo, yo lo lleno con sexo, el sexo es el amor, es la ponzoña, el veneno que te hace sufrir y desear. Creo que estaba enamorado de Montería, fue un amor a primer tacto, y si ahí afuera hay un hombre como yo, debe creer en el amor a primer tacto.
Qué tienen otras ciudades que no tenga Montería, una mujer como ella no la había encontrado, mi alma recorrió todo su cuerpo y mi cuerpo todas sus calles. Era ardiente en acción y fría mientras dormía. Era Montería en la canícula, era Montería inundada. Sentía que la amaba y la odiaba en aquella noche larga que se llevó todo mi dinero y las ganas de volver a casa.
Llegué a la mañana siguiente a mi apartamento arrastrando mi cansancio; Montería había estado implacable, su sol insoportable había producido ampollas en mi piel; y su boca, mordidas en mi cuello. Me metí al baño por más de dos horas e imaginaba estar en casa de mi madre. Montería, la ciudad, era insoportable; Montería, la prostituta, era inolvidable. Esa misma tarde volví al bar, le pregunté al barman, (un estudiante de la universidad que yo conocía bien) por Montería – Esto es Montería, profe – me respondió riendo, como asumiendo que yo bromeaba.

-          - No amigo, Montería, la muchacha que trabaja acá que también se llama así.

-    - Nada, profe, aquí no hay ninguna que se haga llamar Montería. Todas tienen sus nombres artísticos, pero no hay ninguna que se haga llamar así.

-          - Hombre, es una mujer pequeña, delgada, morena…

-          - No, profe, las putas de aquí son todas paisas, lo siento.


Me senté a una mesa esperando verla, pero fue inútil, Montería se había esfumado; a cuanta mujer que trabajaba ahí le preguntaba y ninguna la conocía. Nuevamente me trajeron una cerveza y otra caja de goma de mascar, recordé que aún llevaba la caja anterior en mi bolsillo, la saqué de inmediato y me di cuenta de que estaba intacta, me sentía confundido, no recordaba si Montería había tomado una pastilla de la caja o la que ella había puesto en mi boca ya yo la tenía. De repente sentí unas manos femeninas en mis hombros y un acento paisa en mi oído izquierdo - ¿Papi, me das goma de mascar? – me dijo, le di toda la caja y me largué de ese lugar de inmediato. La tarde moría en Montería, el Sinú era una iguana que reptaba lentamente al borde de la Avenida primera, el sol estaba a la mitad dentro de río; comprendí en ese sublime momento que Montería la ciudad y Montería la prostituta eran una sola sonrisa detrás del puente. 
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viernes, 24 de junio de 2016

METÁFORA DEL UNIVERSO INVISIBLE

"Un vistazo al universo" by Eduardo Marticonera
Por:
Víctor A. Yerena González

       A Diana Cano, por tener cautivo en sus ojos todo el universo.


Jakov  comenzó a despertarse con una incomodidad extraña. El sol despuntaba y la claridad se filtraba por las carcomas del techo de zinc iluminando tenuemente su cuarto. A pesar de haber dormido toda la noche, Jakov sentía que estaba despierto desde hacía ya algunas horas, pues tenía la fuerte impresión de que había visto la noche transcurrir al alba y el alba al amanecer. Parpadeó varias veces para dejar de ver la luz por instantes, pero las leves tinieblas que cubren la vista en un parpadeo eran imperceptibles para él. Apretó las pestañas fuertemente, sin embargo, y para su sorpresa, la imagen de sus coloridas sábanas y todo cuanto estaba en el cuarto seguía allí; Jakov continuaba viendo todo aun con los ojos cerrados. “No puedo cerrar los ojos” pensó. – “¡No puedo cerrar los ojos!” - gritó en medio de una sorpresiva angustia que le heló la sangre; rápidamente se llevó las manos a los ojos, pero notó algo extraño en ellas: estaban translúcidas, y dejaban ver claramente cada hueso, cada falange, cada detalle, cada imperfección ósea ¡su piel, sus músculos, sus venas, sus uñas habían desaparecido por completo, dejando al descubierto solamente los huesos!
Como un rayo se levantó de la cama y corrió al baño. Se miró al espejo y notó que no tenía párpados, sus ojos se veían perfectamente esféricos y desprotegidos. Jakov estaba tornándose transparente, aunque sentía que todo estaba en su lugar incluida su ropa (porque se había dormido con toda la ropa puesta). No sentía ningún tipo de dolor, sólo la angustiosa certidumbre de que estaba comenzando a desaparecer. “Esto debe ser un sueño” pensó, y volvió a su cama como un perfecto esqueleto.
Acostado bocabajo, tomó una de sus almohadas y la apretó contra sus ojos para oscurecer la vista, lo que resultó inútil, ya que seguía viendo la blancura de la almohada, pero rápidamente, ésta también se tornó transparente y Jakov pudo contemplar nuevamente los huesos de sus manos que ya comenzaban a desaparecer, abriendo paso al colchón y éste, a su vez, dejaba ver todo su interior. Contempló los resortes y la espuma, la base inferior y las tablas de su cama,  luego el piso, donde una rata o un esqueleto de rata devoraba algo invisible; más abajo, la tierra, lombrices al interior de ella, luego más tierra, todo era tan perfectamente claro para Jakov cuando su vista se abría paso como una broca a gran velocidad bajo la tierra, hacia abajo, atravesando la corteza y los mantos internos del planeta; una gran variedad de colores, de minerales, de espacios vacíos pasaban por su vista para luego desaparecer continuando un camino incierto, “probablemente a los infiernos”, llegó a pensar él.
Todo dejó de abrirse camino por un momento y Jakov vio con fascinación una gran pared de fuego, era una espectacular masa de hierro fundido a la que no le encontraba redondez. “La antesala del infierno” pensó horrorizado, porque comenzó a creer que ya estaba muerto. El núcleo de la tierra se agujereaba ante la vista de Jakov y ésta comenzó a atravesarlo, era como si buceara dentro de magma ardiente hacia abajo, hasta encontrar una superficie sólida que se desmoronaba para darle paso al dios Jakov, heredero del mundo. Viajaba su vista atravesando el núcleo externo, el manto inferior y superior, luego la corteza, para llegar nuevamente a la superficie de la tierra.
Jakov estaba bocarriba, o al menos eso sentía porque ante sus ojos estaba el cielo gris. Un vistoso pájaro se desplumaba hasta quedar en huesos y desaparecer; lo grisáceo del cielo se tornaba azul y luego negro, entonces pensó que se aproximaba un nuevo viaje. Su vista atravesaba las estrellas, las rocas espaciales; los cúmulos azules se tornaban blancos y luego transparentes… otra pared, otro océano de fuego se atravesó ante su vista escrutadora, parecía un río de fuego infestado de delfines infernales; y atravesó Jakov el sol y navegó por él. Conoció la civilización solar, la cual no tenía superficie, sino que se edificaba en armazones sostenidos sobre la nada, era el Atlantis solar… pero todo eso desapareció ante sus ojos. Atravesó el vasto sol hasta que se encontró nuevamente con la oscuridad del universo. Las estrellas morían a su paso, las galaxias perdían su colorido hasta desaparecer.
Pronto Jakov tuvo la confusión de no saber si seguía su vista atravesando la existencia o estaba quieta en mitad del espacio, se sentía como un ave que se cansa de agitar las alas y sólo se deja llevar por el viento. De repente, un silencio desconcertante lo atemorizó, no era el silencio absoluto que lo había acompañado durante todo su viaje, sino uno más aterrador producido por el ladrido de un perro. Decidió separar su rostro de la almohada, lo hizo lentamente, teniendo la impresión de que iba a caerse, se sentía como un niño cuando sube a un árbol y luego no sabe cómo bajar. Seguía contemplando el universo a pesar de mirar a todos lados en su cuarto, tal vez una estrella, tal vez un asteroide, una galaxia, un planeta, una luz proveniente de algún cuerpo espacial se aparecía ante la vista de Jakov para, al instante, desaparecer ante la mirada que todo lo desnuda, que todo lo torna transparente, invisible… inexistente.
Dirigió su vista a todos lados. Se incorporó. Intentó caminar un poco pero tropezó con algo en el piso de su habitación, esa sensación le hizo recordar que aún se encontraba en el mismo lugar de siempre, sin embargo, su vista divisaba el otro lado del universo; intentaba tomar con sus propias manos las estrellas y asteroides que se precipitaban a su rostro, pero sólo lograba tocar algún objeto o rincón de su cuarto. Jakov lo comprendió todo. Caminó lentamente por toda su casa hasta encontrar con el tanteo alguna silla y se sentó, no se desesperó. Lo que había visto había sido el más grande regalo que Dios le puso haber otorgado alguna vez.

Por muchos años Jakov juraba que su vista podía atravesar cualquier pared o superficie hasta sobrepasar los confines del universo. La gente que llegó a conocerlo decía que su ceguera lo había hecho perder el juicio y que sus visiones eran sólo delirios que le ayudaban a negar su desgracia. A veces se le veía tranquilo en su sillón, con el bastón a un lado y la vista larga. Sonriente. Sus ojos se iluminaban con una luz no proveniente de este mundo. Nadie pudo cerrarle aquellos ojos luminosos la noche en que lo encontraron muerto. Allí, en su último lecho, Jakov Egorov parecía que contemplaba supernovas.
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sábado, 19 de diciembre de 2015

Espejismo con cara de mujer



Espejismo con cara de mujer




Y empieza uno a inventar constelaciones en las estrellas, porque ya no se cuenta con las pecas de tu piel. Y empieza uno a esperar agua de las piedras, porque ya no hay ángeles que sirvan. Ya conozco el sabor del cactus y la traición de su abrazo, ya se me reveló cual es la figura dentro de la luna. Y mi lengua intenta llegar a ella cuando sueño con tu ombligo. Mi cuerpo huye del frío escondiéndose en cavernas peligrosas cuando sueño con tu sexo.
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