martes, 13 de noviembre de 2018

El cuaderno, el lápiz y el tablero


Por Víctor Alfonso Moreno Pineda*

La imagen arcádica que nos mostraba a un niño rumbo al colegio con un cuadernito de hojas magulladas y un lápiz de palo ya no es suficiente cuando se pretende hablar de educación de calidad. Sí, de esa forma se educaron muchos de nuestros padres que venían de la más cruel de las pobrezas, y de esa forma, quizá, también nos educamos nosotros. Pero es que la idea de la lección del maestro, del cuadernito al día, del tablero lleno hace ya un buen tiempo fue revalidada.

La educación, como se concibió durante todo el siglo XX, buscaba la ilustración del hombre. Esto traducido a las clases de Español se entiende como alfabetizar; a las de matemáticas, como adiestrar; y a las de Ciencias Sociales y Naturales, como grabar. En todas estas áreas era significativamente importante la memoria.

Sin embargo, algo cambió para bien o para mal en las sociedades del siglo XXI con respecto a la del siglo XX. Y muchos de los saberes con que nos educamos se volvieron inútiles. Dejaron de ser un fin en sí mismos para convertirse en medios para adquirir otras cosas. ¿De qué vale memorizar una regla ortográfica si somos incapaces de escribir un párrafo con sentido? ¿Para qué me sirven los mapas, que son una abstracción, si el Google maps me muestra la calle de la esquina de mi barrio, tal como se ve en la imagen que acompaña esta nota? Hoy puedo saber cómo son las costas de fiordos o cómo es la Península de Kamchatka con solo escribir sus nombres en un buscador. Y saber eso, que antes era importante y te permitía sacar una E, hoy apenas es anecdótico.

Recientemente, leí una afirmación de Ignacio Mantilla —exrector de la Universidad Nacional y conspicuo profesor de matemáticas— en la que advertía que, en las matemáticas, «más que saber cómo se define un objeto o concepto, es más útil saber cómo opera». Y esta afirmación, aplica para todos los campos del saber humano.

Esta breve reflexión la hago porque estamos en la recta final del año escolar, y veo que mis estudiantes, en algún momento de la clase, deciden no prestar atención y se enfrascan en transcribir parrafadas de cosas que no entienden. Lo hacen porque la nota de nivelación— como hoy le llaman a la recuperación— es presentar el cuaderno al día.

Durante este semestre, he estado enseñando en doce grupos distintos el curso de Cátedra de la Paz. Y como el curso, de una hora semanal, no tiene el prestigio social que puede tener el resto de cursos del currículo, mis estudiantes dejan de escucharme a mí para ponerse al día en tal o cual asignatura.

Y yo me pregunto: ¿Para qué un cuaderno al día? Retomo la imagen inicial del estudiante yendo al colegio con un lapicito y un cuaderno. En ese prístino momento de nuestra historia educativa, el conocimiento iba del docente al cuaderno, y de allí a la mente del estudiante. Se grababa como se graba el Padre nuestro o cualquier otra plegaria. Pero ya eso no puede ser así porque el conocimiento —la información— está en todos lados. Y como está en todos lados, ya no es importante per se.

La información no es trascendental, sino su utilidad cognitiva o práctica. El dato no es importante si no tiene contexto. Lo ilustro con dos casos: de nada sirve saber qué pasó en 1810 si no se cuestiona el centralismo encarnizado que hoy demuele a nuestro país. De nada sirve saber los hechos que rodearon a la Revolución Francesa si no se les enseña a nuestros estudiantes el valor profundo de los valores democráticos. Sobre todo, en estos tiempos de posverdad.

Lápiz y cuadernos son herramientas cada vez más en desuso como lo es el tablero. El tablero es un apoyo para escribir una frase o para hacer un gráfico. No para saturarlo. Cuando se satura un tablero de letras, se sacrifica el aprendizaje de problemas y realidades. Cuando se le pide al estudiante que transcriba lo que yo como profesor —con toda delicadez y lentitud— he escrito en el tablero, termino matando la creatividad y reviviendo el adiestramiento.

¡Qué me importan los cuadernos llenos! Así como prefiero a un estudiante desordenado con chispazos de brillantez, antes que a un convidado de piedra, del mismo modo prefiero a un estudiante con un cuaderno de combate —yo, particularmente, estudié todo mi pregrado con solo dos libretas y mi maestría sin ninguna—, pero con la mente inquieta e inquisitiva.

En la universidad, los estudiantes justificaban los grafitis revolucionarios en las paredes con una frase: «Paredes en blanco, mentes en blanco». Y yo pienso acá: ¿Cuadernos llenos, mentes en blanco?

@victorabaterno

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lunes, 27 de agosto de 2018

La insensatez de prohibir celulares en el aula


Por Víctor Alfonso Moreno Pineda*


Hace unos dias, en la institución educativa en que trabajo como profesor, organicé un taller de lenguaje. Repartí las copias donde estaban consignadas las preguntas y les pedí a los estudiantes que se organizaran en grupo de tres. Kenides —un muchacho un poco desapercibido— decidió trabajar solo. Ante ello, no vi ningún problema salvo que las copias que llevé al salón no iban a alcanzar. Los chicos empezaron a hacer con cierto desgano el taller. En algún momento, tres de las cuatro mujeres del salón tenían su celular en la mano. Les pedí que lo guardaran y que se concentraran en el trabajo de la clase. Al rato, observé que Kenides también le prestaba más atención al celular que a la hoja. Un tanto más vehemente, le pedí que, como lo hicieron sus compañeras, guardara el celular.

“Aquí tengo las preguntas”, me dijo. Y entonces, me acordé de que por allí existe un proyecto de ley que busca prohibir los celulares en las escuelas. El proyecto es de un representante liberal —y casi siempre los liberales de este país son más godos que los mismos conservadores— llamado Rodrigo Rojas. Me aterra no la noticia del proyecto, que de hecho no tiene ningún futuro, sino que algunos docentes la celebren. Dos cosas.

Primero. Desde siempre ha existido en este país un profundo conservadurismo que busca prohibir todo aquello que atenta contra las “sanas costumbres”. Hace unos días nada más, un concejal de Bogotá propuso que se prohibieran, en espectáculos públicos del Distrito, canciones que atenten contra la dignidad de la mujer, en clara referencia al trap y al reguetón. Y ahora pasa lo mismo con el celular en los salones. No siempre se prohíbe lo que resulta nocivo, sino lo que no se comprende. Prohibir el reguetón y el trap es creer, ¡vaya inocencia!, que el mundo está jodido por la música que escuchan los jóvenes y no por la desigualdad y la voracidad con que nos relacionamos como sociedad.

Si pretenden prohibir el trap es porque no lo comprenden, si buscan prohibir los celulares en las clases es porque todavía creen en el poder supremo del docente en el aula. Yo escucho trap hace un tiempo y escribo sobre él, no porque considero que sea estéticamente valioso, sino porque en sus letras hay un mundo —que es el mundo que añora la mayoría de los estudiantes— y por tanto debo comprenderlo. Yo defiendo la presencia del celular en el aula porque con él se democratiza y facilita el conocimiento.

¿Y si en vez de prohibir celulares, por qué mejor no dotamos las escuelas oficiales del país con equipos y conexiones eficientes? Porque prohibir siempre es más barato que educar. Un país que legisla para prohibir las libertades y la diferencia está condenado al fracaso. Quienes hacen las leyes no han entendido el espíritu de las mismas ni — esto es más triste aún— que los jóvenes de hoy son distintísimos a los de antes y, por tanto, nada resulta más estéril que pretender enseñar con los modos de antes a una nueva camada de muchachos hiperconectados.

Segundo. Si bien Fecode condenó el proyecto de ley, he visto cómo lo han celebrado algunos profesores que me rodean en mi cotidianidad y en redes sociales. Esto no solo es triste, sino insensato. Claro, los profesores que aún creen en la principalía del tablero, en el cuaderno al día y en el dictado estarán felices con la medida; los que usamos el celular en la clase para no cometer falacias y despejar dudas teóricas estaremos preocupados, pero no por el proyecto —porque, insisto, no tiene ningún futuro—, sino por esa generación de docentes que aún educa a los jóvenes del siglo XXI como si fueran del siglo XX.

Y no. Ni el tablero, ni el cuaderno, ni el dictado de un concepto deben ser el centro de la clase, porque llenar un tablero toma media hora y tomarle una foto —con el celular que quieren prohibir— un segundo, porque atiborrar el cuaderno de palabras ejercita la transcripción, mas no la imaginación; y porque dictar un concepto es perder el tiempo cuando hay fotocopias o internet Pero sobre todo, porque ni el tablero, ni el dictado, ni el cuaderno al día sirven para generar pensamiento crítico en nuestros estudiantes.

Ayer le comenté a quien fuera mi profesor en segundo de primaria y hoy, un colega lo ocurrido con Kenides en mi clase, y me dijo que era uno entre el millar de estudiantes que utilizan el celular para entrar a redes sociales o jugar mientras el profesor habla. Y entonces, yo me acordé de la Biblia que tanto les gusta a los profesores: “Hasta por esos diez, no destruiré la ciudad”, le dijo Dios a Abraham cuando este le pidió que no destruyera a Sodoma.

Prohibido prohibir rezaba una consigna sesentera. Desde entonces, nada hemos aprendido los humanos en cuanto a las nuevas generaciones. Claro, siempre ante lo desconocido hay tres opciones: el temor, la insensatez o la comprensión.

Twitter: @victorabaeterno
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viernes, 27 de julio de 2018

“Baby, la vida e' un ciclo”. Breve apuntación crítica en torno al valor literario de Te boté Remix

Por Víctor Alfonso Moreno Pineda




Uno

Intentaré, en estas líneas, hacer una aproximación crítica a la canción Te boté Remix, éxito que en últimas semanas concentra la atención de legos y expertos por igual. Me centro, esencialmente, en el fragmento de Bad Bunny, pues reconozco que en este se evidencia toda la potencia de la canción. Para ello, no desconoceré las aportaciones que en otro momento, y desde perspectivas distintas, han hecho algunos tuiteros sobre el fragmento del Conejito Malo. Me refiero, sobre todo, al abordaje histórico comparativista que planteó @Dani_Maramoros sobre la relación entre los misteriosos y desconocidos años de juventud de Jesucristo y la silente participación de Bad Bunny en la canción después de terminar su rapeo; y de la lectura filosófica que recientemente propuso @alan_mogwai en la que conecta el fragmento del Conejito con la más conspicua filosofía nietzscheana y su principio del eterno retorno.

Los dos aportes son significativos en tanto, el primero, constituye la más diáfana certeza de que, por Bad Bunny, la canción alcanza el impensable carácter de clásico anticipado del trap latinoamericano; y, el segundo, nos permite comprender el ethos filosófico del fragmento, lo que lo columbra como una pieza digna de mayores loas e interpretaciones. Además, con este tipo de comentarios, se han gestado otra opiniones favorables como la de @yonatangraffe, quien pidió —en un ejercicio de metaficción literaria— que se hiciera un remix del remix de la parte de Bad Bunny.

Dos

Pero voy a mi punto. En el trabajo, analizaré, inicialmente, las relaciones del trapeo de Bad Bunny con el Intro de Ozuna y el juego retórico establecido en ambos momentos de la canción. Lo hago de esta forma, porque es claro que entre las dos partes hay un contrapunto que sublima el tema y lo dota del más puro valor estético. Sin embargo, no me quedaré en señalar los principales recursos retóricos —cuestión relativamente sencilla y, por tanto, estéril—, sino que entenderé cómo tales recursos se conectan con las intencionalidades poéticas del vate puertorriqueño. Esta parte puede entenderse, no sin cierta arbitrariedad, como un análisis rítmico-retórico.

 Después analizaré el modo en que opera en Bad Bunny un tejido de voces que van desde la literatura canónica hasta los versos que escupe la calle. Para desarrollar este objetivo, me remitiré a dos conceptos clave en el trabajo, y clásicos dentro de la crítica literaria. Son estos el de polifonía, planteado por Bajtin y retomado por Oswald Ducrot, y el de intertextualidad, desarrollado por el semiólogo francés, Roland Barthes. Ambos conceptos son importantes, como ya he dicho, porque cualquier aproximación literaria que se haga al trapeo de Bad Bunny debe partir de diálogos más amplios con la tradición en que está enmarcado. Continúo.

Tres

Cuando pienso en la forma en que pudo haber sido grabado Te boté Remix, imagino no solo el proceso de construcción de las letras de cada intérprete —la rima arisca, la imagen perversa, la construcción de un ambiente que va de lo decadente a lo sexoide—, sino también el lugar que iban a tener en la secuencia rítmica cada una de las intervenciones de los raperos. Lo que parecía indiscutible es que había que salvar los aportes de los intérpretes de la anodina versión original, Nio García, Casper y Darell. Pero también que había que dotar al tema de la fuerza y potencia que la versión primera no tiene; esto es, enriquecerla con nuevos elementos literarios y musicales que la fijaran en la mente de los oyentes. Esos elementos los analizo aquí.

Así, el primer acierto fue poner a Ozuna al comienzo del tema e inmediatamente a Bad Bunny. Después de estas dos intervenciones —y aquí persiste el error—, la canción entra en un hostigante adormecimiento que es salvado, ya al final, por Nicky Jam. La parte de Ozuna es vital en mi análisis porque sienta las bases temáticas de lo que a continuación propondrá el Conejito. De este modo, Ozuna inicia creando una atmósfera de abandono, soledad y desencanto: el macho que recuerda y llora a su hembra. Cito:

Paso mucha' noches pensándote
Yo no sé ni cómo, ni cuándo fue
Pero sólo sé que yo recordé
Cómo te lo hacía yo aquella vez.

A esta primera secuencia, sobreviene una mucho más fluida rítmicamente. Y con ese fluir, viene la venganza: “Pero sé que te boté”, canta Ozuna. Nótese aquí el modo en que las anáforas se suceden verso a verso en la intervención de Ozuna: te boté x 2, te solté x 2, usté se fue x 2. Esto no debe entenderse como simple ritmicidad de la canción, aunque no se debe negar que contribuye a ello. Por el contrario, este momento, por medio de la reiteración, se vuelve vehemente y encarnizado, como toda vendetta, de tal modo, el macho que antes lloraba parece celebrar ahora que “pal carajo usté se fue”. Todo lo anterior, haciendo un uso soberbio de la rima aguda que, si no se sabe usar bien, hace que el verso se vuelva cacofónico. Entonces, entra el Conejito.

Cuatro

En este otro momento, la letra de la canción, el ritmo y las imágenes del video clip se han vuelto ruinosos. Viene la frase tajante: “Baby, la vida e’ un ciclo” que desencadena toda una serie de imágenes poéticas que mencionaré más adelante. Por el momento, me refiero a un detalle de mayor exégesis. Ozuna termina con “Yeh, yeh, mami”, y Bad Bunny empieza con su “Baby”. El principio y fin de la vida de una mujer es retomado, inversamente, por los raperos, como una manifestación poética de la condición edípica de todo macho.

Con esto, en el fragmento de Bad Bunny se va a develar la paradoja, en tanto figura retórica de pensamiento de uso constante por el cantautor. Cada paradoja constituirá una imagen poética en la que se sustentará el real valor estético de la obra. La primera paradoja está en los versos iniciales del fragmento. Cito:

Baby, la vida e' un ciclo (wuh)
Y lo que no sirve yo no lo reciclo

Bad Bunny anuncia que, aunque la vida está sujeta a la reiteración, a la ciclicidad, esta circunstancia no es óbice para que él recicle lo que no sirve. La paradoja está en que, si bien el verbo reciclar implica retomar, reutilizar, él hombre sabe que la mujer no es una cosa y, por ello, no hay espacio para volver a ser utilizada. Todo es cíclico, pero no todo es reutilizable. La paradoja se afianza unos versos más adelante cuando el rapero hace una nueva referencia al tiempo: “Tú eres pasado y el pasado nunca vira”. Entonces, si el pasado no vira, ¿Por qué dice al comienzo que la vida es un ciclo?

Este principio se violará un par de versos más adelante cuando se plantee una nueva paradoja. Ello no debe verse como debilidad en el pulso del cantautor ni como una flaqueza semántica de la canción, sino como un recurso que hunde al tema en la más profunda de las contradicciones cronológicas. ¿Qué es Te boté Remix sino un canto que se pierde, como En el jardín de senderos que se bifurcan de Borges, en los laberintos inexpugnables del tiempo?

La segunda paradoja de la canción y más evidente es la referencia al TBT —Throwback Thursday para los ignorantes—. El verso dice exactamente así: “Que si te lo meto es pa' recordar un TBT, yeh”. Nótese que el TBT ya constituye por sí mismo un recuerdo y, por tanto, lo que propone el Conejito es meter, como en una película de Chris Nolan, un recuerdo dentro de otro recuerdo. En español castizo, el verso quedaría así: “Que si te lo meto es pa recordarte que aún recuerdo cómo te lo metía antes”.



Cinco

Con todo, Te boté Remix plantea una paradoja suma: cuando se le canta a lo dejado, se le recuerda. Y el recuerdo es la única forma de poseer para siempre. En ese sentido, la canción no le canta al macho triunfante, sino al hombre que recuerda y, mientras recuerda, extraña al amor perdido.

El último recurso retórico de la canción que menciono, y la enriquece rítmicamente, tiene que ver con la presencia de aliteraciones. El fragmento de Bad Bunny va de los fonemas oclusivos, que le imprimen fuerza, a los fricativos, que la tornan sutil. En la lógica semántica de la canción, esto se comprende por el envalentonamiento inicial de Bad Bunny que, tras varios versos, se va convirtiendo en lamento: “Odio to' lo' "Te amo" que mil vece' te texteé”.

Seis

Por todo lo dicho hasta este punto, me aventuro a afirmar que el rap de Bad Bunny entra en diálogo con la visión estética del periodo romántico europeo. Con esta aseveración paso, entonces, a analizar la dialogicidad e intertextualidad presente en la canción. Este diálogo, no obstante, no se debe entender como mímesis pura. Por el contrario, la línea dialógica que propone este fragmento escapa a las propuestas románticas más clásicas —pienso ahora en Las penas del joven Werther, por ejemplo— y se posiciona en lo que de manera provisional, y a falta de un concepto más claro, he dado en llamar romanticismo sórdido. Este nuevo romanticismo se soporta en aspectos como el sexo, la calle y las redes sociales, en tanto recursos para poetizar.

En este romanticismo sórdido, como en el romanticismo decimonónico, el poeta —ser supremo e individuo consciente de su autonomía estética— transgrede los aspectos personales de su arte poética y recurre a la nostalgia por la arcadia feliz metaforizada en la mujer perdida. La sordidez aparece como un contrapunto a esta circunstancia. De este modo, el insulto —“Fuck you, hijo 'e puta, yeh”— antes que ofensa es desahogo, antes que impudicia es impotencia.

Siete

Por último, quiero señalar que, en cuanto a la diégesis, el fragmento replantea la concepción del amor que hemos heredado del romanticismo europeo. Así, mientras el desventurado joven Werther opta por el suicidio ante la imposibilidad del amor con Lotte, Bad Bunny encuentra su venganza en el calor de otros cuerpos. Cito:

Arranca pa'l carajo (wuh),
Mi cuerpo no te necesita
Lo que pide e' un perreo sucio en La Placita
(…)
Baby, mejor que tú ahora tengo como die'
(…)
Y a tu amiga me clavé, me la clavé

Este modo de proceder en la diégesis mantiene el tono del romanticismo sórdido e inscribe la canción en las tradiciones románticas latinoamericanas. Por ello, ante el olvido y la traición: el amor, siempre el amor. Pero no es un amor idealista y sacramental, sino carnal y lascivo. El macho herido no expía sus culpas en su propia muerte, sino en la muerte —metaforizada en el sexo con otros cuerpos— del amor perdido. El lector podrá comparar a continuación cómo Te boté Remix mantiene una relación intertextual con el poema Idilio del colombiano, José Asunción Silva, quien canta la misma situación de otro modo. A saber:

—Ella lo idolatró y Él la adoraba...
—¿Se casaron al fin?
—No, señor, Ella se casó con otro
—¿Y murió de sufrir?
—No, señor, de un aborto.
—¿Y Él, el pobre, puso a su vida fin?
—No, señor, se casó seis meses antes
del matrimonio de Ella, y es feliz.

Ocho

A modo de conclusión, cabe aquí aclarar que este trabajo tiene mucho de arbitrario en tanto la misma canción dificulta análisis más puristas. El artículo no buscó agotar todas las interpretaciones, sino proponer una lectura dentro de las muchas posibles. Se me ocurre mencionar, por ejemplo, que Te boté Remix permite un análisis potente desde la teoría neomarxista, en cuanto están presentes en la canción relaciones conflictuales entre la cultura, el dinero y la cultura del sexo.

Así mismo, se podría leer la canción desde su profundo carácter feminista en tanto el hombre, antes que poseedor, se autorrepresenta poseído por la mujer —“Ahora hay una má' dura que me tira”—. Tales trabajos quedarán para las futuras generaciones que, con marcos teóricos más pertinentes, realizarán una interpretación más diáfana de la canción.

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lunes, 3 de abril de 2017

Una prostituta llamada Montería

Prostituta - Pedro Fabio Veras
Por:

                                                       

Al entrar se me vino a la mente la imagen de un iglú, con un pasillo angosto y largo que al caminarlo daba claustrofobia, una luz violeta iluminaba el centro del prostíbulo y extrañamente era difícil identificar el rostro de alguien; un timbre ensordecedor se escuchó en todo el lugar y de inmediato un tipo vestido de negro me abordó y amablemente me guió hacia una mesa disponible, entonces comprendí que aquel ruido era para avisarle a él que yo era el próximo cliente. Pedí una cerveza mientras anunciaban el próximo show: una mujer que no comprendía el significado de poner en venta su cuerpo, completamente arrítmica, se notaba que su único afán era desnudarse y salir de esa tarea vergonzosa de una buena vez. Un desastre, cuando pasó por mi lugar para hacer su colecta simplemente la ignoré, como ignoré todo su inexpresivo baile. Se acercó a mí contando un puñado de billetes de bajo valor con su ropa interior enredada en sus manos, mientras yo solo miraba hacia otro lado deseando que se apartara de mi vista.

-          - ¿Amor, no me va a colaborar? – me preguntó.

-         -  No. Bailaste muy mal.

-         -  Eso no importa si me vio toda.

-          - Es lo único que me importa, en un baile mostrar el culo y la vagina es lo de menos.

-          - Pues, eso es lo que aquí se vende.

-          - Entonces no vine a comprar.

-         -  Tacaño.

No existe nada más ofensivo para un hombre que una mujer lo llame tacaño, pero era cierto cuando le dije que no estaba interesado en comprar, tal vez sólo quería ver, sin embargo tal arritmia fue como una bofetada en mi mejilla, me sentí apenado, no por mí, sino por ella. Si hubo algo en lo pude equivocarme al respecto de esa mujer, era en que había imaginado que era novata en eso de darlo por plata, su grotesco baile simplemente era malo, una mala puta sin lugar a dudas, un mal polvo sin temor a equivocarme; aunque para los que vienen aquí, no importa si una prostituta es un mal polvo, lo que importa es la satisfacción personal, para eso pagan, digo yo, para que ellas los satisfagan, no para satisfacerlas a ellas.
El tipo de negro me había traído la bebida acompañada de una caja de goma de mascar, tomé un sorbo de cerveza cuando advertí que una mujer que estaba recostada a una columna me miraba fijamente, obviamente esa mirada no representaba ningún interés en mí, solo me estaba ofreciendo su servicio, era una puta. Pero por mucho que así fuera, no podía evitar la intriga, esa extraña sensación que se siente cuando una mujer bella te mira fijamente. Me preguntó con señas si podía acercarse y le hice entender que sí. Era delgada, morena, pequeña, vestía un blusón negro de rayas blancas con un escote que le dejaba ver unos senos no muy grandes, pero firmes y brillantes, una falda con flecos y sandalias; es decir, parecía una mujer común, con una belleza natural, quizá una imagen adrede, pensé, hecha para hombres comunes como yo. 
No se sentó a mi lado, lo hizo justo frente a mí, apoyó sus brazos infestados de bisutería sobre la mesa, inclinó su cuerpo y me preguntó que si qué hacía un joven como yo en un lugar como este, lo que me pareció curioso, porque se podría decir que ella era algo menor que yo, entonces le devolví la pregunta, ella sonrió y dijo: “trabajando” esa respuesta tajante me hizo recordar (porque parecía que sus intensos ojos negros me habían hecho olvidar en qué lugar me encontraba en ese instante) que estaba hablando con una prostituta.
-          Cuánto vale tu compañía – le pregunté.

-          -  ¿Me das goma de mascar? Lo había olvidado.

-          -  ¿Lo habías olvidado? ¿Acaso es una rutina?

-          - Así es, la goma de mascar no es para ustedes, es para nosotras, se les ofrece a ustedes para que nosotras tengamos una excusa para acercarnos.

-        - Ya entiendo. Pero no lo veo necesario, ya sabemos que no hay más interés en ustedes que ofrecer su servicio.

-          - Tienes toda la razón, pero a los hombres les gusta jugar a la casualidad y hay que ofrecérsela. Además – se inclinó más hacia mí -  hay mujeres aquí que necesitan “pedir la goma de mascar”.

-          - ¿Tú lo necesitas?

-          - Extrañamente no, no contigo.

¿Qué de malo hay en enamorarse de una puta? Algunos hombres acuden a ellas para satisfacer deseos sexuales, creyendo que nada de ellas puede enamorarlos; pero todo sexo, así fuera con una prostituta tiene esa ponzoña tóxica del amor. De hecho, pienso que es más fácil enamorarse de ellas que de una mujer común, una mujer común tiene mucho que ocultar, es una mujer superficial, y como no hay nada más atractivo que lo superficial, entonces nos enamoramos de lo más falso e inestable, así que cuando vemos al fin lo que ocultan, nos damos cuenta de que podemos encontrar exactamente lo mismo en un bar como este a un precio razonable. Lo que despreciamos de una mujer es que descubramos que se venda o se regale. En una prostituta eso no es problema, no es nuestro temor y por ello, obviando ese detalle, podemos encontrar cosas especiales que no encontramos en otra, nimiedades como una maldita caja de goma de mascar, lo que nos lleva inexorablemente al amor.   

-          - ¿Cómo te llamas? – le pregunté.

-          -  Mira lo que estás haciendo, le estás preguntando el nombre a una prostituta.

-          - Miénteme.

-          - Así son los hombres, odian masticar las mentiras, pero les encanta tragárselas.

-          - Me declaro culpable, ahora no estoy en el mundo real, puedes mentirme.

-          - Este es el mundo más real, te lo aseguro. Me llamo Montería.

-          - Pudiste elegir otro nombre.

-         -  Es verdad, mi nombre es Montería, mi padre me lo puso porque amaba esta horrible ciudad.

-          - ¿Eres de Montería?

-          - Sí, nací aquí. Hui de mi casa a los 18 años y ahora estoy aquí, viviendo abiertamente de lo único que toda mujer común vive aunque no quiera aceptarlo.

-          - ¿Dices que todas las mujeres viven de la prostitución?

-          - No, solo las amas de casa.

-          - Podrías tener razón, pero las amas de casa se lo dan a un solo hombre.

-       - Hasta que se aburren y tienen la oportunidad con otro, a veces solo eso hace la diferencia: la oportunidad. Además todos los hombres son iguales, hacerlo con uno es lo mismo que hacerlo con todos.

-          - Entonces yo puedo decir que todas las mujeres son iguales también.

-         - Y no te lo discuto, solo que unas están en bares como este y las otras en sus casas, aburridas con sus padres o sus maridos. Ninguna mujer lo da sin algún interés, si bien no es por el dinero, puede ser también por otras cosas irrelevantes como cariño, atención, y todas esas estupideces que a la larga las convierte en las peores y miserables putas: las que lo dan gratis. 

Se llamaba Montería, sí, como esta horrible e infernal ciudad. Después de aparentar desconcierto por sus palabras, Montería parecía orgullosa, pensaba que me había abierto los ojos, que me había mostrado la realidad de las cosas con ese discurso tan obvio; era una niña que pretendía conocer el mundo más que cualquiera, sólo porque vivía en las vísceras de la humanidad, de esta ciudad caliente, pero de habitantes fríos.

-          ¿Lo que quieres decir – le dije – es que la naturaleza de cada mujer es ser prostituta?

-     - No, puta. Todas nacimos para ser putas, solo que otras se lo niegan y van por el mundo pretendiendo ser lo que no son, pero aunque no quieran, nunca dejarán de ser putas, es nuestra naturaleza, y es por eso que no sufrimos mucho tiempo por un hombre, porque sabemos que existen otros. Yo asumí ser prostituta, no hago más que profesionalizar mi naturaleza.

-        - Es raro escuchar esto precisamente de una mujer, casi todas hablan en su defensa, veo que tú las atacas.

-         -  No, ni más faltaba. Con lo que te digo, hablo a favor de la mujer. Tienes que dejar de oscurecer el término, muchos hombres tratan como putas a sus mujeres en la cama, (lo que a nosotras nos encanta) pero odian imaginar que otro hombre también lo haga, y es ahí cuando desprecian lo que a ellos les gusta.

Debo admitir que en esta parte quedé un poco convencido de lo que dijo. Estaba totalmente de acuerdo con ella hasta este punto, solo que mis pensamientos al respecto se reducían a sentimientos peyorativos hacia la mujer y nuestra naturaleza. Las decepciones continuas me llevaron a pensar igual, pero desde un enfoque incomprensivo. Montería, en cambio, hablaba desde otro enfoque, un enfoque totalmente contrario al mío, un enfoque positivo que me ayudaría a asumir mejor la realidad y disfrutar del mundo como el mundo se me presentara; sentía que la amaba, y algo dentro de mí me decía que tenía que hacerla mía.

-       -  Lo que yo creo – le dije con mala intención – es que justificas la bajeza de estar aquí, creyendo que todas las mujeres son como tú.

-          Querido,  - respondió cambiando de tono, tal vez herida por mis palabras - estás hablando de lo que no sabes. Todas las que están aquí, están por una razón, por una historia que nadie conoce y que tú no puedes juzgar porque no sabes y no te interesa saber. Estas mujeres que ves aquí no están aquí realmente, están en sus cuartos haciendo lo que a ti no te importa mientras son sus cuerpos los que salen dispuestos a enfrentar la realidad por ellas. Siento pena por ellas, porque creen que lo que llaman sentimientos es más fuerte que sus emociones. Yo, en cambio, soy la única mujer completa que está aquí, porque las emociones son las que valen la pena, porque no justifico ser puta con mi vida, justifico mi vida con ser puta.

Fue un silencio fulminante que se presentaba en forma de música sensual, la antesala de un beso inolvidable. Decidí jugar al conquistador y susurrarle mis intenciones al oído, decididamente se puso de pie y me tomó de la mano para que la siguiera. Montería no es una ciudad que le guste a todo el mundo, pero esta mujer me encantaba. Llegamos a su cuarto, pequeño, con cantidad de muñecos de peluche y decoraciones infantiles alusivas al amor.

-         -  Así que crees en el amor – Le dije.

-         - No, solo es escenografía para clientes, ya sabes, hay algunos que quieren conseguir inocencia en una puta, todo eso se les tiene en este bar.

-          - ¿Y crees que yo soy ese tipo de clientes?

-         -  No, si así fuera te hubiese pedido la goma de mascar.

-          - La pediste.
k     
       - ¿Te la regreso?

Ella sólo sonrió acercándose a mí, y con un beso me devolvió la goma de mascar en mi boca. Odio esa supuesta diferencia entre tener sexo y hacer el amor. He tenido sexo estando enamorado, he hecho el amor sin estar enamorado, y nunca he podido discernir la maldita diferencia, se siente exactamente lo mismo, como si estuvieras enamorado, y no es el amor lo que nos impulsa, es el deseo, la sangre que se agolpa en el pecho y acelera el corazón por reacción de sustancias químicas y neuronales que nos animalizan. Es esa la propia esencia del amor, lo demás son sólo justificaciones. El amor no tiene forma propia pero se parece a todo, es un vaso vacío que se llena con lo que queramos llenarlo, yo lo lleno con sexo, el sexo es el amor, es la ponzoña, el veneno que te hace sufrir y desear. Creo que estaba enamorado de Montería, fue un amor a primer tacto, y si ahí afuera hay un hombre como yo, debe creer en el amor a primer tacto.
Qué tienen otras ciudades que no tenga Montería, una mujer como ella no la había encontrado, mi alma recorrió todo su cuerpo y mi cuerpo todas sus calles. Era ardiente en acción y fría mientras dormía. Era Montería en la canícula, era Montería inundada. Sentía que la amaba y la odiaba en aquella noche larga que se llevó todo mi dinero y las ganas de volver a casa.
Llegué a la mañana siguiente a mi apartamento arrastrando mi cansancio; Montería había estado implacable, su sol insoportable había producido ampollas en mi piel; y su boca, mordidas en mi cuello. Me metí al baño por más de dos horas e imaginaba estar en casa de mi madre. Montería, la ciudad, era insoportable; Montería, la prostituta, era inolvidable. Esa misma tarde volví al bar, le pregunté al barman, (un estudiante de la universidad que yo conocía bien) por Montería – Esto es Montería, profe – me respondió riendo, como asumiendo que yo bromeaba.

-          - No amigo, Montería, la muchacha que trabaja acá que también se llama así.

-    - Nada, profe, aquí no hay ninguna que se haga llamar Montería. Todas tienen sus nombres artísticos, pero no hay ninguna que se haga llamar así.

-          - Hombre, es una mujer pequeña, delgada, morena…

-          - No, profe, las putas de aquí son todas paisas, lo siento.


Me senté a una mesa esperando verla, pero fue inútil, Montería se había esfumado; a cuanta mujer que trabajaba ahí le preguntaba y ninguna la conocía. Nuevamente me trajeron una cerveza y otra caja de goma de mascar, recordé que aún llevaba la caja anterior en mi bolsillo, la saqué de inmediato y me di cuenta de que estaba intacta, me sentía confundido, no recordaba si Montería había tomado una pastilla de la caja o la que ella había puesto en mi boca ya yo la tenía. De repente sentí unas manos femeninas en mis hombros y un acento paisa en mi oído izquierdo - ¿Papi, me das goma de mascar? – me dijo, le di toda la caja y me largué de ese lugar de inmediato. La tarde moría en Montería, el Sinú era una iguana que reptaba lentamente al borde de la Avenida primera, el sol estaba a la mitad dentro de río; comprendí en ese sublime momento que Montería la ciudad y Montería la prostituta eran una sola sonrisa detrás del puente. 
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sábado, 19 de diciembre de 2015

Espejismo con cara de mujer



Espejismo con cara de mujer




Y empieza uno a inventar constelaciones en las estrellas, porque ya no se cuenta con las pecas de tu piel. Y empieza uno a esperar agua de las piedras, porque ya no hay ángeles que sirvan. Ya conozco el sabor del cactus y la traición de su abrazo, ya se me reveló cual es la figura dentro de la luna. Y mi lengua intenta llegar a ella cuando sueño con tu ombligo. Mi cuerpo huye del frío escondiéndose en cavernas peligrosas cuando sueño con tu sexo.
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